…y el otro, en el jardín

Al caer la tarde cruzo la frontera que me separa del cielo abierto.  El tiuque que aguarda sobre la luminaria grazna un aviso y con su compañero se pierde en dirección opuesta al crepúsculo, quizás al pequeño bosque de encinos al otro lado de la línea férrea.  No hay zorzales a esa hora, ni bandurrias, treiles o golondrinas; sólo los rapaces acechando a algún caracol rezagado.

Enciendo la antorcha de la esquina y dejo que mis ojos vaguen por los contornos del pequeño parque.  En el brasero crepita una llama amable y desde los muros llega música de cañas que se mecen en vaivén bajo la brisa.  Junto al libro que infructuosamente abro al filo de cada ocaso deposito una copa de cognac y mi tabaquera, o quizás un purito olvidado por un viajero de esos que abundan en mi país de lagos.

Si no llueve, me tumbo sobre dos grandes cojines y acompaño al sol con la mirada mientras se hunde en el horizonte.  Mas si el viento está norteando y trae el aroma ácido de la tormenta, entonces recojo lo indispensable y me quedo quieta, de pie, mirando hacia el oeste mientras el trueno y el relámpago se superponen a mi espalda en la cordillera y las gotas se transforman en lluvia y la lluvia, en aguacero que cae imparable sobre la tierra.

2 respuestas a …y el otro, en el jardín

  1. Gracias, Manuel.

  2. Manuel dijo:

    Precioso, puro sentimiento, sensibilidad a flor de piel…
    Me gusta!

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