A veces pienso quién, de Gonzalo Rojas

A veces pienso quién, quién estará viviendo ronco mi juventud

con sus mismas espinas, liviano y vagabundo,

nadando en el oleaje de las calles horribles, sin un cobre,

remoto, y más flexible: con tres noches radiantes en las sienes

y el olor de la hermosa todavía en el tacto.

Dónde andará, qué tablas le tocará dormir a su coraje,

qué sopa devorar, cuál será su secreto

para tener veinte años y cortar en sus llamas  las páginas violentas.

Porque el endemoniado repetirá también el mismo error

y de él aprenderá, si se cumple en su mano la escritura.

 

(de Antología de Aire, 1991)

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Este domingo, de José Donoso (fragmento)

“…Señor, cómo llamar para que me salven de estos chiquillos que quieren descuartizarme y devorarme. Se quita las mantas y las tira por el aire al medio del grupo de chiquillos: rugen al saltar para atrapar las pieles y se lanzan al suelo gritando, mordiéndose, esa masa de cuerpos violentos que la olvidan.

Se levanta apoyándose en un muro. Se quita los zapatos porque se le ha quebrado un taco y sigue camino, casi sin respiración, casi ciega. Hacia allá, hacia donde termina el caserío y la noche se abre y se une con el cielo bajo y amoratado. Los niños la siguen. Tiene los pies heridos. Los chiquillos no tardan en alcanzarla y la rodean sin rabia, sin agresividad. Por allá se sale, por allá ya no hay más casas, si sólo pudiera llegar… a algo, a cualquier cosa con tal de salir de este laberinto negro lleno de ojos que me miran.”

 

(1966)

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El jardín de al lado, de José Donoso (fragmento)

“… Su jardín era su cárcel, como mi novela era la mía, como la depresión la de Gloria… el secreto es que en el fondo ninguno quiere salir de su respectiva cárcel, lo que es la esencia de nuestras enfermedades. No hay soluciones, ¿cómo va a haberlas si Pinochet cerró el Congreso? Y de haberlas, son parciales, contingentes. ¿Terminaré mis días como mi padre, sentado en el banco bajo el palto, mirando como mis nietos juegan con un objeto de plástico amarillo? Tortura, injusticia, derechos humanos, sí, desgarrador, es necesario tomar parte en esa lucha…”

 

(1981)

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Preludio a la Fundación, de Isaac Asimov (fragmento)

“Así que te envié, como bien has dicho, huyendo por toda la faz de Trantor con el temido Demerzel pisándote los talones en todo momento. Esto, pensé, haría que tu mente se concentrara con fuerza. Haría de la psicohistoria algo excitante, mucho más que un juego matemático. Te esforzarías por resolverlo para el sincero idealista Hummin, cosa que no hubieras hecho para el lacayo imperial, Demerzel. También, así conocerías diferentes aspectos de Trantor y eso te ayudaría…, mucho más, por supuesto, que vivir en una torre de marfil, en un planeta lejano, rodeado únicamente de colegas matemáticos. ¿Tuve razón? ¿Has hecho algún progreso?

-¿En psicohistoria? Sí, lo he hecho, Hummin…”

 

(1988)

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Un guijarro en el cielo, de Isaac Asimov (fragmento)

“Por primera vez, pensó en una posibilidad que no fuera la locura. ¿Habría viajado por el tiempo? ¿Se habría dormido?

-¿Cuánto hace que sucedió todo eso, Grew? -murmuró-. ¿Cuánto tiempo pasó desde que había un solo planeta?

-¿A qué te refieres? -preguntó Grew con súbita cautela-. ¿Eres miembro de los Antiguos?

-¿De los qué? No soy miembro de nada. ¿No hubo un tiempo en que la Tierra era el único planeta? ¿No fue así?

-Eso dicen los Antiguos -rezongó Grew-. Quién sabe. ¿Quién puede saberlo? Los mundos de allá arriba han existido durante toda la historia, por lo que sé.

-Pero, ¿cuánto tiempo es eso?

-Miles de años, creo. Cincuenta, cien mil… no sé.

¡Miles de años! Schwartz sintió un nudo en la garganta y tragó saliva, presa del pánico. ¿Todo eso entre un paso y otro? Un hálito, un instante, una fracción de tiempo… ¿y había saltado miles de años? Sintió que volvía a sufrir amnesia. Su identificación del sistema solar debía derivar de recuerdos imperfectos que penetraban la niebla.”

 

(1950)

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Las corrientes del espacio, de Isaac Asimov (fragmento)

“Entonces cometió su primer error de cálculo. Algo lo asustó. Luego analizaremos qué. En todo caso, decidió que tendría que esperar antes de continuar. La espera, no obstante, implicaba una complicación. X no creía la historia del espacioanalista, pero es indudable que el espacioanalista era sincero en su locura. X tendría que disponer las cosas de tal modo que el espacioanalista estuviera dispuesto a que su ‘apocalipsis’ aguardara.

‘El espacioanalista no aguardaría, a menos que su mente desequilibrada quedara excluida de la acción. X pudo haberlo matado, pero opino que necesitaba al espacioanalista como fuente de nueva información (a fin de cuentas, él no sabía nada de espacioanálisis y no podía salir airoso del chantaje con una mera bravuconada), y quizás, como prenda de rescate en caso de fracaso. En todo caso, usó una sonda psíquica. Después del tratamiento, ya no tenía en sus manos a un espacioanalista sino a un cretino que por el momento no le causaría problemas. Y al cabo de un tiempo recobraría sus facultades.”

 

(1952)

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Polvo de estrellas, de Isaac Asimov (fragmento)

“-¿Y la nave te llevó a casa?- le preguntó a Gillbret.

-No, no me llevó. Cuando ese meteoro rebotó en la cabina de control, no dejó el panel intacto. Habría sido asombroso que así fuera. Había perillas trituradas, la carcasa estaba mellada y abollada. Era imposible saber qué alteraciones había sufrido el ajuste de los controles, pero lo cierto es que no me llevó de vuelta a Rodia.

‘Con el tiempo inició la desaceleración, y supe que el viaje, teóricamente, había terminado. No sabía dónde estaba, pero me las ingenié para maniobrar la visiplaca hasta discernir que había un planeta a poca distancia, que mostraba un disco en el telescopio de la nave. Fue pura suerte, porque el disco aumentaba de tamaño. La nave se dirigía a ese planeta.”

 

(1951)

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