El benefactor, de Susan Sontag (fragmento)

-Exactamente -dijo-. Pero creo que no es bueno decirte estas cosas. ¡Ah! Podría contarte muchas cosas… Escucha, si te digo algo, ¿prometerás no aferrarte a ello como si fuera un nuevo elemento que puedes introducir en tu condenado juego de reglas para gobernarte a ti mismo? Promete, por favor.

Lo prometí.

-Uno debe estar siempre sumergido. Pero nunca en una sola cosa -hizo una pausa-. Dime, ¿esto no parece una regla?

Reconocí que así era.

-Pero no lo es, no necesita serlo. Imagínate que la inmersión no es una regla o un voto para actuar, obligándote a diversificar tus gustos y diversiones, sino algo que descubres cada día sobre ti mismo. Cada día tú, mejor dicho, yo, descubro que estoy absorto, sumergido en algo o alguien.

-Pero, ¿no piensas nunca en lo que debes hacer con tus descubrimientos? ¿No te sucede que uno supera a los demás y hace que quieras cambiar tu vida?

-¿Por qué iba yo a querer cambiar mi vida? -dijo-. ¿Porque no puedo tener todo lo que quiero? ¿Ves -sonrió pícaramente- cómo las abejas van directamente a la miel?

¿Era ésta otra escena de seducción? Mejor cambiar de tema.

-Creo, con todo -dije lenta y solemnemente-, que uno debería estar simpre sumergido. Como tú, Jean-Jacques. Pero el resto no puede decidirse. Mi temperamento es mucho más serio que el tuyo y pienso que estamos de acuerdo, pero no me caricaturices como un hombre que decide todo sin sentir nada. Te aseguro que soy un hombre de sentimientos.

Pensé tiernamente en Frau Anders.

-No, pequeño Hippolyte, tú no decides nada. Tú persistes atrozmente en tus sueños. Dejas que influyan en tus actos, sólo porque has decidido ser el hombre-que-sueña. Eres como el hombre que descubre un tronco en su camino y, en lugar de apartarlo, llama a una compañía constructora para que ensanche el camino. Vas a tropezar -dijo a mis espaldas, mientras me alejaba.

 

(1961)

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La historia de María Griselda, de María Luisa Bombal (fragmento)

“… Y fue así como cual cazadores de una huidiza gacela, habían empezado a seguir por el bosque las huellas de María Griselda. Internándose por un estrecho sendero que su caballo abriera entre las zarzas, habían llegado hasta el propio borde de la pendiente que descendía al río. Y apartando las ramas espinosas de algunos árboles, se habían inclinado un segundo sobre la grieta abierta a sus pies.

Un ejército de árboles bajaba denso, ordenado, implacable, por la pendiente de helechos, hasta undir sus primeras filas en la neblina encajonada allá abajo, entre los murallones del cañón. Y del fondo de aquella siniestra rendija subía un olor fuerte y mojado, un olor a bestia forestal: el olor del río Malleco rondando incansable su lomo tumultuoso.”

 

(1946)

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El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura (fragmento)

“Todos los presos sabían que yo lo había matado, aunque la mayoría no tenía ni idea de quién era Trotski ni entendían por qué lo había asesinado. Ellos mataban por cosas reales: a la mujer que los engañaba, al amigo que les robaba, a la puta que se buscaba otro chulo… Un día, cuando regresé a mi celda, tenía sobre la cama un libro de Trotski. La revolución traicionada. ¿Quién lo había dejado allí? El caso es que empecé a leerlo y me sentí muy confundido. Más o menos un mes después apareció otro libro, Los crímenes de Stalin, y también lo leí, y me quedé aún más confundido. Reflexioné sobre lo que había leído y durante varios meses esperé a que me dejaran otro libro, pero no llegó. Nunca supe quién los puso en mi celda. Lo que sí supe es que si antes de ir a México yo hubiese leído esos libros, creo que no lo habría matado… Pero tienes razón, yo era un cínico el día en que lo maté. En eso me habíais convertido. Fui una marioneta, un infeliz que tenía fe y creyó que los tipos como tú y Caridad le dijeron.

-Muchacho, a todos nos engañaron.

-A unos más que a otros, Lionia, a unos más que a otros…

-Pero a ti te dimos todas las pistas para que descubrieras la verdad, y no quisiste descubrirla. ¿Sabes por qué? Porque a ti te gustaba ser como eras. Y no me vengas con historias, Ramón Mercader… Además las cosas estuvieron claras desde el principio: desde que supiste cuál era tu misión, no tenías marcha atrás. No importaba lo que después hubieras leído…”

 

(2009)

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La oscuridad

Le escucha escurrirse por el balcón que une las habitaciones intentando no hacer ruido, pero el jolgorio de la velada ha dejado su huella. Arropada bajo capas de lana chilota puede oírlo deslizar el ventanal y avanzar hasta el baúl que intermedia con su cama. Se mueve para hacer espacio y junto a ella se instalan unos pies fríos por la humedad del jardín, sostenidos por un cuerpo cuya tibieza prevalece sobre las sombras. Al clarear, el afuerino se escabulle de vuelta a su vida. Las bandurrias celebran allá en la copa del ciprés.

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La oscuridad

Sus hombros yacen sobre el larguero. Odia las almohadas y desde su rincón en la cama puede ver los cojines que ella misma ha regado sobre el piso de madera. El calor del caño que cruza al techo le obliga a reacomodar sus piernas y luego el torso. Cuando termina de girar la cabeza le ve allí, frente al espejo, con el rostro lleno de risa mientras viste sus pantalones con flores y su abrigo de lana y finge ser ella.

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La oscuridad

El viento amaina mientras sube la escalera. Al llegar al último peldaño la lluvia se ha desatado y las ramas que antes golpeaban los muros de encino ahora se rinden al peso del agua.  Las hojas brillan allá afuera, como sus ojos antes con la claridad de las velas. Avanza al ver la última fuente de luz, de calor, de tormenta desatada sobre la colcha de plumas. Avanza hasta perderse en la oscuridad.

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South, by Her

Down came as soon as I left. I took the sun with me. I will give it back, I just wanted to see it shine for a while longer.

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