La oscuridad

La oscuridad ya se había disipado y ambos yacían en el living, aún medio agitados pero sin ningún impulso visible por escapar nuevamente de la luz. Desde el sillón él le observaba en silencio, con los ojos diagramando una lista de pros y contras que al poco rato respaldaría su decisión de abandonar la aventura. Desde el sofá los ojos de ella apuntaban a ese otro extremo, pero no saboreando de antemano un siguiente encuentro, como seguro él creía, sino preguntándose una y otra vez cómo es que en su mente se había colado el rostro de ese casi desconocido que ahora se instalaba como próximo proyecto. Cuando él se despidió habiendo decidido que no volvería, ella ni siquiera se molestó en levantarse; su pensamiento estaba fijo en esa otra cara que se había interpuesto en medio de la oscuridad.

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Imposible salir de la tierra, de Alejandra Costamagna (fragmento)

“…Julieta terminó transando. Al día siguiente llamarían al médico y al subsiguiente se internaría en el hospital. Pero fue sólo para calmar el lloriqueo de la hermana y alejar el fantasma de la madre, que cada vez se les aparecía con más frecuencia, apestando a barbitúricos vencidos. Y también al del padre, que bajo la tierra de Oriente zumbaba en sus cabezas. Pero la verdad de las cosas es que Julieta ya no estaba encariñada con la vida. Tras los episodios del padre y de la madre había tenido un cactus, un pez azul de acuario y un sobrino en segundo grado (un hijo de un primo). Consideraba que había superado la trágica orfandad: casi el árbol, casi el animal, casi el hijo: la cadena natural, según los psicoanalistas. Había marcado el visto aprobatorio en los tres ítems principales de sus interminables listas y ahora sólo tenía a una hermana llorosa y un tumor desplegándose cuesta arriba por su estómago. Dadas así las cosas, morirse no era un problema. El problema real era cómo y cuándo.”

 

(2016)

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Nahui vs Atl, de Alain-Paul Mallard (fragmento)

“Un foco anémico se enciende. El interior de la antigua casona es todo sordidez, mugre, cochambre: vetusto mobiliario porfiriano se amontona con muebles recientes, disparejos y desvencijados.

De pie en la angosta cocina, la vieja saca del bolso sus cucuruchos de estraza. Los deshace y va vaciando hierbas y polvos en un mortero. Un gato manchado brinca a la mesa. Mira a la vieja machacar con la pesada mano de hierro.

En un trozo de papel de envoltura, la vieja escribe un par de conjuros. Lo dobla varias veces con acusada precisión. Lo deposita en el cuenco.”

 

(Menjurje – 2016)

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La oscuridad

Desde su rincón en la cama prestada le escucha llegar. La puerta entreabierta deja pasar un poco de luz que se rompe en forma irregular mientras él transita por el pasillo. Ha renunciado a su colchón para albergarla y con gentileza y silencio se instala en el futón de la sala de estar. Ella siente culpa y por un momento tiene el impulso de devolverle ese espacio privado y ejercer su rol de invitada, pero de pronto la luz se ha ido y la oportunidad también. Empieza a girar abrazando la almohada y el sonido de un movimiento idéntico llega desde el futón. Retiene el suspiro que sube por su garganta y, sin embargo, éste parece hallar salida en la otra habitación. Sus párpados se cierran, como se cierran allá los de esos ojos claros que -siente- cruzan paredes para unirse a los suyos en el sueño.

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Las nieves del Kilimanjaro, de Ernest Hemingway (fragmento)

“Y entonces, en lugar de ir a Arusha, giraron a la izquierda, y él se dijo que tenían gasolina suficiente, y al mirar abajo vio una nube de color rosa que se deshilachaba, moviéndose sobre el suelo y en medio del aire, como la primera nieve de una tormenta que aparece de la nada, y supo que las langostas llegaban del sur. Entonces comenzaron a ascender y dio la impresión de que iban hacia el este, y entonces todo se oscureció y hubo una tormenta, y el agua era tan espesa que parecía que volaran a través de una cascada, y salieron de la tormenta y Compie se volvió hacia él y le sonrió y le señaló algo con el dedo y allí, delante, todo lo que pudo ver, tan ancha como todo el mundo inmensa, alta e increíblemente blanca al sol, fue la cumbre cuadrada del Kilimanjaro. Y entonces supo que era allí donde se dirigía.”

 

(1936)

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El tiro de gracia, de Marguerite Yourcenar (fragmento)

“… Comprendí entonces que la indiferencia hacia los suyos, que tanto me había escandalizado en Sophie, era un síntoma engañoso, una astucia del instinto para mantenerlos lejos de la miseria y del fango en que ella creía haber caído; y que su ternura hacia su hermano había seguido manando a través de mí, invisible como un manantial en el agua salada del mar. Aún más, había investido a Conrad con todos los privilegios y virtudes a los que renunciaba, como si aquel frágil muchacho fuera su inocencia. El ver que ella tomaba su defensa en contra mía me alcanzó en el punto más sensible de mi mala conciencia. todas las respuestas hubieran sido buenas, salvo aquella con la que tropecé por irritación, por timidez, por un deseo apresurado de herir para vengarme. En lo más profundo de nosotros vive un patán insolente y obtuso…”

 

(1939)

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La amante inglesa, de Marguerite Duras (fragmento)

“-Algunos dicen que lo tenía usted todo para ser feliz.

-No tenía que hacer nada, el sueldo de mi marido es más que suficiente y además cuento con el alquiler de una casa de Cahors, ¿se lo han dicho?

Sí. Otros dicen que se lo esperaban.

-¿Ah, sí?

-¿Es usted desdichada en este momento?

-No. Soy casi feliz. Muy cerca de ser feliz. Si tuviera el jardín, mi felicidad sería completa, pero no me lo devolverán nunca, y yo lo prefiero así por ahora, prefiero esta tristeza de no tener mi jardín, porque ahora tengo que estar alerta y vigilarme.

Si tuviera el jardín no sería posible, sería demasiado.

Entonces, ¿qué dicen?

Que lo tenía usted todo para ser feliz.”

 

(1967)

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