La historia de María Griselda, de María Luisa Bombal (fragmento)

“… Y fue así como cual cazadores de una huidiza gacela, habían empezado a seguir por el bosque las huellas de María Griselda. Internándose por un estrecho sendero que su caballo abriera entre las zarzas, habían llegado hasta el propio borde de la pendiente que descendía al río. Y apartando las ramas espinosas de algunos árboles, se habían inclinado un segundo sobre la grieta abierta a sus pies.

Un ejército de árboles bajaba denso, ordenado, implacable, por la pendiente de helechos, hasta undir sus primeras filas en la neblina encajonada allá abajo, entre los murallones del cañón. Y del fondo de aquella siniestra rendija subía un olor fuerte y mojado, un olor a bestia forestal: el olor del río Malleco rondando incansable su lomo tumultuoso.”

 

(1946)

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El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura (fragmento)

“Todos los presos sabían que yo lo había matado, aunque la mayoría no tenía ni idea de quién era Trotski ni entendían por qué lo había asesinado. Ellos mataban por cosas reales: a la mujer que los engañaba, al amigo que les robaba, a la puta que se buscaba otro chulo… Un día, cuando regresé a mi celda, tenía sobre la cama un libro de Trotski. La revolución traicionada. ¿Quién lo había dejado allí? El caso es que empecé a leerlo y me sentí muy confundido. Más o menos un mes después apareció otro libro, Los crímenes de Stalin, y también lo leí, y me quedé aún más confundido. Reflexioné sobre lo que había leído y durante varios meses esperé a que me dejaran otro libro, pero no llegó. Nunca supe quién los puso en mi celda. Lo que sí supe es que si antes de ir a México yo hubiese leído esos libros, creo que no lo habría matado… Pero tienes razón, yo era un cínico el día en que lo maté. En eso me habíais convertido. Fui una marioneta, un infeliz que tenía fe y creyó que los tipos como tú y Caridad le dijeron.

-Muchacho, a todos nos engañaron.

-A unos más que a otros, Lionia, a unos más que a otros…

-Pero a ti te dimos todas las pistas para que descubrieras la verdad, y no quisiste descubrirla. ¿Sabes por qué? Porque a ti te gustaba ser como eras. Y no me vengas con historias, Ramón Mercader… Además las cosas estuvieron claras desde el principio: desde que supiste cuál era tu misión, no tenías marcha atrás. No importaba lo que después hubieras leído…”

 

(2009)

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La oscuridad

Le escucha escurrirse por el balcón que une las habitaciones intentando no hacer ruido, pero el jolgorio de la velada ha dejado su huella. Arropada bajo capas de lana chilota puede oírlo deslizar el ventanal y avanzar hasta el baúl que intermedia con su cama. Se mueve para hacer espacio y junto a ella se instalan unos pies fríos por la humedad del jardín, sostenidos por un cuerpo cuya tibieza prevalece sobre las sombras. Al clarear, el afuerino se escabulle de vuelta a su vida. Las bandurrias celebran allá en la copa del ciprés.

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La oscuridad

Sus hombros yacen sobre el larguero. Odia las almohadas y desde su rincón en la cama puede ver los cojines que ella misma ha regado sobre el piso de madera. El calor del caño que cruza al techo le obliga a reacomodar sus piernas y luego el torso. Cuando termina de girar la cabeza le ve allí, frente al espejo, con el rostro lleno de risa mientras viste sus pantalones con flores y su abrigo de lana y finge ser ella.

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La oscuridad

El viento amaina mientras sube la escalera. Al llegar al último peldaño la lluvia se ha desatado y las ramas que antes golpeaban los muros de encino ahora se rinden al peso del agua.  Las hojas brillan allá afuera, como sus ojos antes con la claridad de las velas. Avanza al ver la última fuente de luz, de calor, de tormenta desatada sobre la colcha de plumas. Avanza hasta perderse en la oscuridad.

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South, by Her

Down came as soon as I left. I took the sun with me. I will give it back, I just wanted to see it shine for a while longer.

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La oscuridad

En ningún momento de la noche ha logrado olvidar que ésa no es su cama. Aunque no ha abierto los ojos, la luz que se cuela por la ventana, sin el límite impuesto por la bruma habitual en su tierra, se lo refuerza con insistencia. Se mantiene inmóvil, un poco deseando que el sueño la venza, un poco temiendo caer dormida en esa habitación que no es la suya, junto a ese cuerpo que ha sentido, pero no ha visto. “¿Cómo es que te llamas…?”, preguntan desde la almohada vecina. Se gira en la cama preparada para combatir el bochorno con una actitud moderna, falsamente relajada, pero no resulta necesario porque los ojos le sonríen confesando la broma y las manos la recuperan con la misma pasión y dulzura con que antes la atrapó la oscuridad.

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