Apegado a mí, de Gabriela Mistral

Velloncito de mi carne
que en mis entrañas tejí,
velloncito tembloroso,
¡duérmete apegado a mí!

La perdiz duerme en el trigo
escuchándola latir.
No te turbes por aliento,
¡duérmete apegado a mí!

Yo que todo lo he perdido
ahora tiemblo hasta al dormir.
No resbales de mi pecho,
¡duérmete apegado a mí!

(1924 – Ternura)

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El fin de la memoria: la gota fría

Caminaba por la antigua calle semi-rural donde una vez tuvo la inesperada fortuna de conocer a sus más interesantes y apreciables amigos. Pero hacía largos años ya que a ese lugar no acudía porque la imperfección de la amistad había puesto fin a lo vivido.

Al avanzar recordó a Los Prisioneros en el antiguo local ya no existente, donde cantó, bailó y aplaudió durante largas, inolvidables horas. Al bajar de la vereda y meter los pies en el húmedo cruce esquina recordó las salidas nocturnas que una vez hasta dejó lleno de agua a uno de sus amigos que, pese a su ebriedad, logró salvar su computador y a otro que, ya estacionado, cada vez que llegaba sacaba ropa limpia de su maletero y se cambiaba afuera, a la vista de toda peatona. Recordó también la petaca whiskera que llevaban a cada teatro o acto literario y la enseñanza tabaquera que había recibido por primera vez en largos años tras haberse convertido en madre siendo muy joven. El muro de madera de la antigua casa visible le trajo a la mente las risas bilingües del extranjero que alguna vez se presentó, las recetas de cocina que siempre alguno preparaba y todos devoraban, los recuerdos del historial del país y de lo propio vivido ante la dictadura, los viajes hacia el sur para la celebración de la fiesta de fin de año y de la víspera del año nuevo, etc. Eso y más, incluyendo cuando unos metros más adelante, al ver el árbol que cubría el jardín delantero de la casa que había sido parte de lo vivido allí, le trajo a la mente el solsticio de invierno, el día más corto del año en el sur del planeta pero la noche más larga y disfrutable en ese punto sureño.

Al llegar al destino final no le quedó otra que dejar de pensar, tocar el timbre y pedir al conserje acceso al edificio. Una vez adentro y ya trepando la escalera sintió que su memoria ya debía ser borrada. Seguir extrañando los paseos con el constructor, los viajes con el gringo o las juntas con el escritor, el artista pintor y el gestor cultural ante cero posibilidad de retomarlo carecía de sentido. La ola de emociones le inundaba de dolor…

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Elicura, de Clemente Riedemann

«Si en el mes de junio tuviese que tomar un mate con Chihuailaf, viajaría en pelo en una yegua a Kechurewe, en la comuna de Cunco, bordeada por las de Vilcún y Mellipeuco, con un paquete de yerba Taragüí o Rosamonte. ¿En cuál estación estamos?, al llegar, le preguntaría. «En Luna de los Brotes Fríos«, diría él, con sereno garbo, sosteniendo una guagua entre los brazos y vestido con una camisa azul. Me daría cuenta que, efectivamente, Elicura tiene los ojos húmedos, no de tristeza, sino de tanto mirar al cielo con los ojos abiertos. «Hermano -él me diría-, el puma ha entrado en nuestras casas. ¿Podemos poner otra vez la cara para que nos golpee

(2021 – Breviario, II Camaraderías)

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La ley del amor, de Laura Esquivel (fragmento)

«… Azucena se sintió apenada de haber escuchado los reclamos de Cuquita. Aunque le caía mal, no era nada agradable verla padecer. Lo peor era que Azucena sabía muy bien que Cuquita no tenía el menor chance de obtener una autorización para conocer a su alma gemela. Pobre. Quién sabe cuántas vidas más tenía que esperar. Bueno, Azucena a esas alturas estaba llegando a la conclusión de que el amor y la espera eran una misma cosa. El uno no existía sin el otro. Amar era esperar, pero paradójicamente era lo único que la impulsaba a actuar. O sea, la espera la había mantenido activa….»

(1995)

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El fin de la memoria: el tío/hermano

Éramos varias hermanas y yo incluso había tenido la fortuna de añadir a mi vida una amiga/hermana adicional tras el segundo matrimonio de mi padre y, más aún, a mi propio primer amado hijo por mi propia vía.  Saber que me venía en camino un nuevo hermano fue sorprendente, no sólo por mi propio asombro, sino porque nuestro padre en común había tenido un grave problema de salud y eso a todas nos causaba un sobresalto que intentábamos esconder, sin resultado. El actual y futuro papá era mejor actor que nosotras, eso sí, por lo que meses más tarde ya todas lucíamos más tranquilas y esperanzadoras… Menos yo, en verdad, porque cuando se supo que se venía el nacimiento mi padre me pidió que asistiera a la clínica y, estando ahí, me solicitó otorgar promesa de que una vez que él se fuera, yo, como joven mamá, me haría cargo de mi hermanito, no directamente sino con constante y eterno acompañamiento junto a su propia madre. Algo que nadie más en mi familia alguna vez supo, pero que prometí desde mi mente y mi corazón, con palabras y con abrazo.

Con el tiempo todo mejoró y dar cumplimiento a lo acordado se volvió innecesario, así que me limité a operar como hermana. En un principio habitábamos en una misma ciudad, pero con el tiempo ellos se mudaron a la costa y visitarlos cada cierto tiempo resultaba increíblemente grato… excepto, quizás, para mi propio hermano, a quien su primer y único sobrino jamás lo llamó según “correspondía” como familiares, pese a sus frecuentes y regulares frases con las que le exigía que modificara su lenguaje “con respeto”. Porque cuando por fin aprendió a hablar, el hecho de que su sobrino tuviera tres años superiores de edad a su juicio no le otorgaba libertad para instigarlo a ir a jugar en la playa, presionarlo a seguir a la tarántula por el jardín, obligarlo a dejarlo entrar a su dormitorio para saludar a los peces de su acuario, asomarse por una ventana privada para mirar al patio de su colegio, agarrar sin permiso sus diversos juguetes, forzarlo a salir corriendo al patio a perseguir a su perrito, etc., etc., etc., simplemente sonriendo y llamándolo por su apodo en lugar de “tío”.

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El fin de la memoria: el pastor y la brujis

Recibir una llamada a ella le resultó encantador, porque cada vez que él la contactaba su mente se llenaba de hermosos recuerdos, graciosas bromas y cero presión mutua. En esta ocasión, sin embargo, que la llamada fuera hecha para otorgar aviso de que le había sido enviada una encomienda y que su retiro tendría que hacerse en pleno centro de la ciudad -en lugar de ser recibida en casa- le resultó inesperado. No hizo preguntas para no molestar, pero tampoco planeó apresurarse en acudir. Sin embargo, a la mañana siguiente, aunque al despertar no recordaba sueños ni pensamientos, sintió un fuerte impulso. Así que partió. De inmediato.

Una vez allá, pese a que asumía que sería parte de una larga fila, al llegar al local pudo entrar de inmediato y realizar el retiro sin ningún contratiempo. Al volver a la calle tuvo claro que disponía de tiempo adicional y, aunque no lo había planeado, optó por pasar a una tienda a ver si podía conseguir algo que sentía ya debía haber renovado. El espacio era tan amplio y había tantas cosas disponibles que, tras revisar sin detalles todas las alternativas -colores y tamaños-, logró dar con un paquete que asumió contenía lo que buscaba. Y al salir se habían movido las nubes y la luminocidad había subido, por lo que caminar de vuelta a casa con ambas cosas le resultó grato, pese al habitual y complejo otoño del sur.

Una vez de vuelta nuevamente recibió una llamada y no le quedó otra que abrir el obsequio recibido. Quedó… pasmada. Ese abrigo de chiporro lucía tan inesperado, que, aunque no lo había visto nunca en toda su vida, no se negó a ponérselo, tomarse una selfi y enviarla de muestra para confirmar la extraordinaria sorpresa. Pensó en manifestar su asombro, pero no lo hizo; sólo expresó diversión y simpatía por el inesperado «pastoreo del pastor» y lo guardó en su mente… Una mente que quedó desconcertada al abrir el paquete del cubrecama y descubrir que ambos objetos añadidos a su vida, por uno y por otra, sin acuerdo previo y en una misma fecha, eran prácticamente lo mismo: el mismo material, el mismo color, el mismo aroma.

Gracias infinitas, pastor de mi corazón. Firma: la brujis.

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Vivimos sobre nuestras raíces, no sobre nuestras ramas, de Mónica Echeverría Yáñez

«Chile, ese país perdido al fin del mundo, esa larga y estrecha franja de tierra entre la inmensa cordillera de los Andes y un mar Pacífico sin límites. Chile, palabra de origen quechua que indica lugar de los confines. El culo del mundo, como lo llamó con más propiedad Francisco de Aguirre, uno de nuestros conquistadores, o una isla pasillo sin salida aparente, como lo nombra Roberto Bolaño con cierto desprecio.

Chile, una loca geografía, con un desierto interminable en el norte, con témpanos y glaciares en el sur y, de repente, como acorralados, se muestran esos fértiles valles en el centro.

Un territorio destinado a desaparecer en el próximo cataclismo, según nos advierten poetas y geólogos, por el mar que cobra lo suyo y la cordillera que lo saluda.

Sus hombres son de mirada tortuosa, silenciosos, de voz aguda; sus mujeres, de caderas estrechas, sin curvas, fuertes y mandonas. Ambos sin condiciones para el baile, ni siquiera para el caminar seguro. A las mujeres les falta seducir al andar, aunque sus senos sobresalen grandes y provocativos, y a los hombres, la mirada inquisitiva, el piropo a flor de labios, la carcajada fuerte y llamativa, como si quisieran pasar desapercibidos y no llamar la atención.

Sin embargo, cada cierto tiempo sus volcanes y tierras se descontrolan y estallan, transformando a sus habitantes, de pasivos y apocados, en sanguinarios asesinos y torturadores.

Chile, definido como una nación independiente, pero que estuvo siempre dominada por diferentes colonizadores e imperios.

Como nos advierte el antipoeta Nicanor Parra: «Creemos ser país y la verdad es que apenas somos un paisaje».

Todo eso, mucho más y nada menos, como lo iremos apreciando a lo largo de esta narración, fue la tierra en que transcurrió la vida de Violeta Parra Sandoval.

Ella, con su poesía, su música, sus pinturas, sus arpilleras, sus máscaras, su palabras a veces suave y triste, a veces violenta, fue escribiendo su propia biografía. Toda ella se entregó a estas papacidades artísticas que milagrosamente absorbían su espíritu sin que mediara una educación formal que lo justificara.

Yo he querido tomar ese cúmulo de actos y sueños, frustraciones y esperanzas que se sucedieron en ese cuerpo pequeño y frágil que siempre resultó fuerte y capaz, y que se expresó en la música que surgía desde el centro de su ser, en la poesía, en las pinturas y otras mil revelaciones que salían de sus manos prolijas -parecidas a las de su madre y abuela-, para narrar su vida.

Así, esta novela, qe brota con sus propias palabras -no con las mías-, donde yo he penetrado con mi imaginación, tal vez sea lo que alguna vez quiso decir y no lo dijo, o cuando lo dijo nunca hubiese querido decirlo.

Dejo, pues, a Violeta con ustedes para que sufran y gocen con ella.»

(2010 – Yo, Violeta)

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La amortajada, de María Luisa Bombal (fragmento)

«La primera semana de verano me llenó de una congoja inexplicable que crecía junto con la luna.

En la séptima noche, incapaz de conciliar el sueño, me levanté, bajé al sillón, abrí la puerta que daba al jardín.

Los cipreses se recortaban inmóviles sobre el cielo azul; el estanque era una lámina de metal azul; la casa alargaba una sombra aterciopelada y azul.

Quietos, los bosques enmudecían como petrificados bajo el hechizo de la noche, de esa noche azul de plenilunio.

Largo rato permanecí de pie en el umbral de la puerta sin atreverme a entrar en aquel mundo nuevo, irreconocible, en aquel mundo que parecía un mundo sumergido.

Súbitamente, de uno de los torreones de la casa, creció y empezó a flotar un estrecho cendal de plumas.

Era una bandada de lechuzas blancas.

Volaban. Su vuelo era blando y pesado, silencioso como la noche.

Y aquello era tan armonioso que, de golpe, estallé en lágrimas.

Después, me sentí liviana de toda pena. Fue como si la angustia que me torturaba hubiera andado tanteando en mí hasta escaparse por el camino de las lágrimas.

Aquella angustia, sin embargo, la sentí de nuevo posada en mi corazón a la mañana siguiente; minuto por minuto su peso aumentaba, me oprimía. Y he aquí que tras muchas horas de lucha, tomó, para evadirse, el mismo camino de la víspera, y se fue nuevamente, sin que me revelara su secreta razón de ser.

Idéntica cosa me sucedió un día después, y al otro día.

Desde entonces viví a la espera de las lágrimas. Las aguardaba como se aguarda la tormenta en los días más ardorosos del estío. Y una palabra ásperra, una mirada demasiado dulce, me abrían la esclusa del llanto.

Así vivía, confinada en mi mundo físico.»

(1938)

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Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta (fragmento)

«-Catalina, deja de estar chingando -decía Andrés-. El borracho soy yo. Cenizas, Vives – pidió.

-Sí, Cenizas– dije yo.

-Pero tú cállate, Catín- dijo.

-Sí, mi vida- le contesté.

-«Después de tanto soportar la pena de sentir tu olvido» -cantó Toña.

-«Después que todo te lo dio mi pobre corazón herido»- seguí con ella, que se paró atrás de mí y me puso las manos en los hombros.

-Catalina, no jodas- volvió a decir Andrés.

-Más jodes tú con tus interrupciones- le dije y alcancé a Toña en «por la amargura de un amor al que me diste tú».

-Papapapa- dije, parándome a palmear sobre el piano.

-«Ya no podré ni perdonar ni darte lo que tú me diste»- seguimos.

-«Has de saber que en un cariño muerto no existe el rencor»- sentenció lento Andrés desde un sillón, señalando conel dedo a quién sabe quién.

-«Y si pretendes remover las ruinas que tú mismo hiciste, sólo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor»- terminamos.

-Mamadas- dijo Andrés.

«Canta, si olvidar quieres, corazón»- cantó Toña siguiendo la música de Carlos.

-«Canta, si olvidar quieres tu dolor»- cantó Carlos mientras tocaba dando golpes breves.

«Canta, si un amor hoy de ti se va. Canta, que otro volverá.»

-Parará, parara, parará- canté yo y dejé el banco para bailar, dando vueltas.

Vives se reía y Andrés se quedó dormido.

Arráncame la vida– pedí mientras seguía bailando sola por toda la estancia.

-«Arráncala, toma mi corazón»- cantó Toña siguiendo al piano a Carlos.

«Arráncame la vida y, si acaso te hiere el dolor»- me uní a ellos sentándome otra vez juntoa Carlos. Tenía razón Andrés, yo arruinaba sus voces pero no estaba para pensarlo en ese momento.

-«Ha de ser de no verme porque al fin tus ojos me los llevo yo». dije recargándome en el hombro de Carlos, que cerró con tres acordes a los que Toña rebasó sosteniendo el «yo» del final.

-¡Qué bárbara, Toña -dijo-, mis respetos!

-¿Y ustedes qué? -preguntó ella-. ¿Se quieren o se van a querer?…»

(1985)

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Esa boca, de Mario Benedetti

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizás. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores había ido dos y tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.

Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: «¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo?». A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: «No quiero que veas a los trapecistas». En cuando oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. «¿Y si me fuera cuando empieza ese número?». «Bueno», contestó el padre, «… así, sí».

La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron -ahora sí- los payasos.

Su interés llegó a la máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquella que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen. Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos plaudieron, aún la madre de Carlos.

Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenido la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos y después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. «¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?».

Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír.

(1955 – Cuentos completos, 1994)

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Semillas, de Eduardo Galeano

En Brasil, los campesinos preguntaron: ¿Por qué hay tanta gente sin tierra habiendo tanta tierra sin gente? Les respondieron a balazos.

Pero el miedo era su única herencia y lo habían perdido. Siguieron preguntando y conquistando tierras, y cometiendo el delito de querer trabajar.

Fueron millones y siguieron preguntando. Preguntaron: ¿Por qué se permite que las torturas químicas atormenten a la tierra? Y también: ¿Qué será de nosotros si las semillas dejan de ser semillas?

A principios del año 2001 los campesinos sin tierra invadieron una plantación experimental de semillas genéticamente modificadas, de la empresa Monsanto, en Río Grande do Sul. No dejaron en pie ni una sola planta de soja artificial.

La plantación se llamaba Não-Me-Toque.

(2004 – Bocas del tiempo)

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Las ranas, de Eduardo Galeano

Dicen que si una muchacha besa un sapo, el sapo se convierte en príncipe. El sapo no parece muy besable, pero algunas probaron. No funcionó.

En cambio, cuando los pesticidas químicos besaron a las ranas, las ranas se convirtieron en monstruos.

Antes, muy de vez en cuando, aparecía algún hijo deforme en la familia de las ranas, pero las rarezas se han hecho habituales en estos últimos años en los lagos de Minesota, en los bosques de Pennsylvania y en muchos lugares. Cada vez son menos las ranas que nacen y cada vez son más las que nacen sin ojos y con una pata de más o de menos.

El fatal encuentro con los venenos químicos, diseminados por el viento, ocurrió cuando ya ellas llevaban muchos millones de años viviendo entre el agua y la tierra, desde aquel remoto día en que el canto de la primera rana rompió el silencio del mundo.

(2004 – Bocas del tiempo)

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El unicornio, de Juan Emar (fragmento)

«…Desiderio Longotoma es el hombre más distraído de esta ciudad. Se vio obligado a enviar a todos los periódicos el siguiente aviso:

Ayer, entre las 4 y 5 de la tarde, en el sector comprendido al N por la calle de los Perales, al S por el Tajamar, al E por la calle del Rey y al O por la del Macetero Blanco, perdí mis mejores ideas y mis más puras intenciones, es decir, mi personalidad de hombre. Daré magnífica gratificación a quien la encuentre y la traiga a mi domicilio, Calle de la Nevada, 101.

El mismo día recorrí el sector indicado. Tras larga búsqueda encontré en un tarro de basuras un molar de vaca. No duré un instante. Lo cogí y me encaminé al 101 de la Nevada.

Once personas hacían cola frente a la puerta de Desiderio Longotoma. Cada una tenía algo en las manos y abrigaba la certeza que ello era la personalidad humana perdida la víspera.

La primera tenía: un frasquito lleno de arena;

la segunda: un lagarto vivo;

la tercera: un viejo paraguas de cacha de marfil;

la cuarta: un par de criadillas crudas;

la quinta: una flor;

la sexta: una barba postiza;

la séptima: un microscopio;

la octaba: una pluma de gallineta;

la novena: una copa de perfumes;

la décima: una mariposa;

la undécima; su propio hijo.

El criado de Desiderio Longotoma nos hizo pasar uno a uno.

Desiderio Longotoma estaba de pie al fondo de su salón. Siempre igual, risueño, grueso, con sus bigotitos negros, afable, tranquilo.

Aceptó todo cuanto se le llevó. Distribuyó generoso las gratificaciones ofrecidas.

A la primera le dio: un cortaplumas;

a la segunda: dos cigarros puros;

a la tercera: un cascabel;

a la cuarta: una esponja de caucho;

a la quinta: un lince embalsamado;

a la sexta: una tira de terciopelo azul;

a la séptima; un par de huevos al plato;

a la octaba: un pequeño reloj;

a la novena: una trampa para conejos;

a la décima: un llavero;

a la undécima: una libra de azúcar;

a mí: una corbata gris.

Tres días más tarde visité a Deciderio Longotoma. Quería, en su presencia, instruirme sobre varios puntos que no es del caso mencionar aquí.

Desiderio Longotoma estaba en cama. Sobre la cabecera había colocado, en una red de alambre que avanzaba hasta la mitad del lecho, las doce creencias de nosotros doce sobre su personalidad perdida.

Bajo el total, Desiderio Longotoma meditaba…»

(1937 – Diez)

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Lord Chichester, de Eduardo Galeano

En una playa de estacionamiento de las muchas que hay en Buenos Aires, Raquel lo escuchó llorar. Alguien lo había arrojado entre los autos.

Se incorporó a la casa, se llamó Lord Chichester. Tenía poco tiempo de nacido y ya era desteñido y cabezón. Quedó tuerto después, cuando creció y se batió en duelo de amor por la gata Milonga.

Una noche, cuando Raquel y Juan Amaral estaban sumergidos en la más profunda de las dormidumbres, unos feroces chillidos los hicieron saltar de la cama. Chillaba Lord Chichester como si lo estuvieran desollando. Cosa rara, porque él era feo, pero callado.

Algo le duele mucho– dijo Juan.

Siguiendo los chillidos, llegaron al fondo del corredor. Raquel aguzó el oído y opinó:

Nos está avisando que hay una gotera.

Deambularon por la antigua casona, hasta que ubicaron el clip-clop de la gotera del baño.

Este caño siempre perdió– dijo Juan.

Se va a inundar– temió Raquel.

Y discutieron que sí, que no, hasta que Juan miró el reloj, casi las cinco de la mañana y, bostezando, suplicó:

Vamos a dormir.

Y sentenció:

Lord Chichester está loco de remate.

Ta estaban por entrar al dormitorio, perseguidos por los chillidos del gato, cuando el techo, viejo y agrietado, se desplomó sobre la cama.

(2004 – Bocas del tiempo)

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Población de la luz, de Eduardo Galeano

Catalina tenía muchos amigos visibles, pero no eran portátiles.

En cambio, los invisibles la acompañaban a todas partes. Ella decía que eran veinte. Más no sabía contar.

Fuera donde fuera, iba con ellos. Los sacaba del bolsillo, los ponía en la palma de la mano y con ellos conversaba.

Después les decía chau, hasta mañana, y los soplaba hacia el sol.

Los invisibles dormían en la luz.

(2004 – Bocas del tiempo)

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