Roble pellín

La ladera sur que alguna vez habitó el hualle se secó y, con ella, el borde aserrado de sus hojas y las grandes ramas que por algún tiempo cubrieron el suelo con oscuridad. Pero el viento repobló de semillas la tierra estéril y la lluvia revivió lo que alguna vez se dio por perdido. Cada día que pasa las raíces se afincan y el roble crece y se agiganta, mientras su corteza se instala como una gran barrera que filtra el ingreso de la luz.

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Sus últimas palabras

“Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo…”

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El niño terrible y la escritora maldita, de Jaime Bayly (fragmento)

“Esto de ser escritor prometía tanto y ha terminado siendo un suplicio, una agonía. Se suponía que el de mentiroso profesional era un oficio divertido, y por eso lo elegiste a despecho de otros mejor recompensados y ahora vienes a descubrir, ya tarde, que el lector es una criatura afantasmada, una cifra vaga, incierta, un espejismo, el oasis que es arena en el desierto. Eso que lames sediento no es agua, es arena; eso que llamas literatura no es arte, es mentira; el lector no existe, es ficción; dices que eres novelista cuando en realidad eres cuentista; todo eso que has escrito sólo vas a leerlo tú, no te engañes.”

(2016)

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El último lector, de Ricardo Piglia (fragmento)

“La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma”, escribe Borges. La metáfora del incendio de la biblioteca es, muchas veces en sus textos, una ilusión  nocturna y un alivio imposible. Los libros persisten, perdidos en los profundos corredores circulares. Todos, dice Borges, nos extraviamos ahí.

En ese universo saturado de libros, donde todo está escrito, sólo se puede releer, leer de otro modo. Por eso, una de las claves de ese lector inventado por Borges es la libertad en el uso de los textos, la disposición a leer según su interés y su necesidad. Cierta arbitrariedad, cierta inclinación deliberada a leer mal, a leer fuera de lugar, a relacionar series imposibles. La marca de esta autonomía absoluta del lector en Borges es el efecto de ficción que produce la lectura.”

 

(2014)

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La oscuridad

La madrugada está llegando a su fin. Le ha esperado toda la noche y cuando oye su voz gira, pero no es sólo a él a quien ve, sino a la multitud que siempre ha eludido. Le ve avanzar unos pasos hasta que, de pronto, se detiene. Aunque sus ojos no se encuentran, ella percibe el adiós. Un haz de luz se cuela antes de que la puerta se cierre tras él. La oscuridad se desvanece.

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A salto de mata, crónica de un fracaso precoz, de Paul Auster (fragmento)

“… Los mejores eran escritores modestos, concienzudos, que no sólo tenían más que decir sobre la vida norteamericana que los llamados autores serios, sino que muchas veces también parecían escribir frases más agudas, mejor hechas. Una de las artimañas convencionales en las tramas de esos relatos consistía en el suicidio aparente que luego resulta asesinato. Una y otra vez, un personaje muere ostensiblemente por su propia mano y al final de la historia, después de que todos los enmarañados hijos de la intriga se han desenredado, se descubre que en realidad el cupable ha sido el malo. Se me ocurrió: ¿por qué no invertir el truco y hacerlo al revés? ¡Por qué no escribir un relato en el cual un aparente asesinato resulte ser un suicidio? Que yo supiera, nadie lo había hecho.”

 

(1997)

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La oscuridad

La oscuridad ya se había disipado y ambos yacían en el living, aún medio agitados pero sin ningún impulso visible por escapar nuevamente de la luz. Desde el sillón él le observaba en silencio, con los ojos diagramando una lista de pros y contras que al poco rato respaldaría su decisión de abandonar la aventura. Desde el sofá los ojos de ella apuntaban a ese otro extremo, pero no saboreando de antemano un siguiente encuentro, como seguro él creía, sino preguntándose una y otra vez cómo es que en su mente se había colado el rostro de ese casi desconocido que ahora se instalaba como próximo proyecto. Cuando él se despidió habiendo decidido que no volvería, ella ni siquiera se molestó en levantarse; su pensamiento estaba fijo en esa otra cara que se había interpuesto en medio de la oscuridad.

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