Las puertas del cielo, de Julio Cortázar (fragmento)

“-¿Vos te fijaste?- dijo Mauro.

-Sí.

-¿Vos te fijaste cómo se parecía?

No le contesté, el alivio pesaba más que la lástima. Estaba de este lado, el pobre estaba de este lado y no alcanzaba ya a creer lo que habíamos sabido juntos. Lo vi levantarse y caminar por la pista con paso de borracho, buscando a la mujer que se parecía a Celina. Yo me estuve quieto, fumándome un rubio sin apuro, mirándolo ir y venir sabiendo que perdía el tiempo, que volvería agobiado y sediento sin haber encontrado las puertas del cielo entre ese humo y esa gente.”

 

(de Bestiario, 1951)

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La borra del café, de Mario Benedetti (fragmento)

“Claudio se puso más rojo aún. “No te avergüences de ninguna pregunta, si es sincera. Generalmente son las respuestas las más acreedoras de vergüenza, porque en ellas es más común que aparezca la doblez: que pienses algo pero digas lo contrario. Ése es otro de nuestros escasos privilegios: creo que los ciegos detectamos mejor la hipocresía. El hipócrita puede disimular su doblez con un gesto, una mirada, un guiño, y así rodearse de un aura falsa de sinceridad frente al interlocutor desvalido. Pero a nosotros sólo nos llega del hipócrita la voz, la voz sin maquillaje, tal como es, con su mentira a la intemperie”.”

 

(1992)

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El lugar sin límites, de José Donoso (fragmento)

“… Sí, podía haberme ido donde la Ludo. Pero no. La Japonesita bailaba raro, porque no bailaba nunca, ni aunque le rogaran. No le gustaba. Ahora sí. La vio girar frente a la puerta abierta de par en par, pegada a él, como derretida y derramada sobre Pancho, con sus bigotes negros escondidos en el cuello de la Japonesita, sus bigotes sucios, el borde de abajo teñido de vino y nicotina. Y agarrándole el nacimiento de las nalgas, sus manos manchadas de nicotina y de aceite de máquina. Y Octavio parado en el vano de la puerta, fumando, esperando: después lanzó el cigarrillo a la noche y entró. El disco se detuvo. Una carcajada. Un grito de la Japonesita. Una silla cae. Algo le están haciendo. La mano de la Manuela metida de nuevo entre su piel y su camisa justo donde late el corazón, aprieta hasta hacerse doler, como quisiera hacerle doler el cuerpo a Pancho Vega, por qué grita de nuevo la Japonesita, ay, ay, papá que no me llame, que no me llame así otra vez porque no tengo puños para defenderla, sólo sé bailar, y tiritar aquí en el gallinero.”

 

(1966)

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Robots e Imperio, de Isaac Asimov (fragmento)

“-No es la razón la que es contagiosa, sino la emoción. Gladia eligió argumentos que sabía que conmoverían al público. No trató de razonar con ellos. Puede ser que cuanto mayor sea el grupo de gente, más fácilmente se les convence por la emoción que por la razón. Como las emociones son pocas y las razones muchas, el comportamiento de una masa de gente es más fácil de predecir que el comportamiento de una sola persona. Y esto, a su vez, significa que si deben desarrollarse las leyes que permitan predecir el curso de la historia, uno debe tratar con grandes concentraciones de gente, cuanto mayores mejor. Esto podría ser la primera ley de Psicohistoria, la clave para estudiar a los humanos…”

 

(1985)

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Los robots del amanecer, de Isaac Asimov (fragmento)

“-Pues bien, entonces, podríamos decir que un robot que funciona está vivo -continuó Baley-. Muchos podrían negarse a ampliar la palabra hasta este punto, pero nosotros tenemos libertad para inventar todas las definiciones que nos convengan. Calificar de vivo a un robot que funciona es fácil; tratar de inventar una palabra nueva para ese estado o evitar el empleo de la conocida sería innecesariamente complicado. Por ejemplo, tú estás vivo, Daneel, ¿verdad?

Daneel contestó, lentamente y con énfasis:

-¡Yo funciono!

-Oh, vamos. Si una ardilla está viva, o un insecto, o un árbol, o una brizna de hierba, ¿por qué no tú?…”

 

(1983)

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La oscuridad

De pronto comprende de dónde viene la oscuridad. Aún no llega a ese momento de la vida en que la pérdida de seres queridos se vuelve norma, mas la noticia de que alguien se ha ido le trae una inesperada certeza: la oscuridad la envolvió el día en que el ocupante del faro se apropió de la luz que la rodeaba y la arrastró a un lugar secreto donde la fantasía se instaló como refugio. Sin ese escondrijo quizás nunca habría podido sobreponerse a la ausencia real que enfrentaba, a esa privación brutal de futuro que no tenía vuelta. Le parece extraño, sin embargo, que mientras esa pérdida total logró con el tiempo diluirse hasta volverse un vestigio lejano y tenue, la ilusión del farero se erigió como un muro irreductible que, aunque ya no intenta ni le es permitido cruzar, está siempre presente en su mente como lugar de cobijo.

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El sol desnudo, de Isaac Asimov (fragmento)

“El arte en Solaria, señor subsecretario, es abstracto. En la Tierra también tenemos arte abastracto, pero éste es sólo una forma de arte. En cambio, en Solaria es la única que existe. La influencia humana ha desaparecido. El único futuro que prevén es la ectogénesis y el aislamiento completo desde la cuna.

-Todo eso es horrible -dijo Minnim-. Pero ¿usted lo considera perjudicial?

-En mi opinión, sí. Sin la interdependencia humana, desaparece el principal aliciente que ofrece la vida; se esfuman casi todos los valores intelectuales y falta una auténtica razón para vivir…”

 

(1957)

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