La amante inglesa, de Marguerite Duras (fragmento)

“-Algunos dicen que lo tenía usted todo para ser feliz.

-No tenía que hacer nada, el sueldo de mi marido es más que suficiente y además cuento con el alquiler de una casa de Cahors, ¿se lo han dicho?

Sí. Otros dicen que se lo esperaban.

-¿Ah, sí?

-¿Es usted desdichada en este momento?

-No. Soy casi feliz. Muy cerca de ser feliz. Si tuviera el jardín, mi felicidad sería completa, pero no me lo devolverán nunca, y yo lo prefiero así por ahora, prefiero esta tristeza de no tener mi jardín, porque ahora tengo que estar alerta y vigilarme.

Si tuviera el jardín no sería posible, sería demasiado.

Entonces, ¿qué dicen?

Que lo tenía usted todo para ser feliz.”

 

(1967)

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El verano peligroso, de Ernest Hemingway (fragmento)

“Luego situó a la res en posición de embestir de nuevo. Es uno de los movimientos más sencillos del toreo y Dominguín lo había hecho miles de veces. Quería fijar al animal con un golpe de capa para que quedase con las patas delanteras fuera del círculo pintado. Pero al moverse ante el caballo, de espaldas a este y al jinete, que tenía la vara en la ristre, la res atacó a la cabalgadura y Dominguín estaba en la línea de ataque. El toro, sin prestar atención a la capa, hundió el cuerno en el muslo del diestro y lo lanzó con fuerza hacia el caballo. El picador clavó la puya cuando Luis Miguel aún estaba en el aire, pero cuando este cayó la res lo corneó un par de veces en el suelo. Su hermano Domingo había saltado la barrera para recogerlo.”

 

(1959-1960, publicación póstuma 1985)

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Una excavación, perrita, de Maha Vial

Una excavación, perrita

una excavación profunda

al centru del cerebro

taladreando perrita

pero tú insistes

en la flor del alhelí

y esas macanas

que ya nadie

acorda ni mora

el cerebro es

piedra dura

que no deja entrar

¿cuidando la nostalgia?

habrá que cortar

la cabeza aunque dola

 

(de Maldita perra, 2004)

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Tristessa, de Jack Kerouac (fragmento)

“Cuando ya no tienes cuentas con el Nirvana no existe algo así como lo “inconmensurable”, pero los tumultos de gente de San Juan de Letrán son realmente inconmensurables… Me digo: “Contabiliza todos estos sufrimientos de aquí al final del cielo infinito, donde termina, y ve qué cantidad puedes agregar para impresionar al jefe de las Almas Muertas de la Fábrica de Carne de la ciudad, Ciudad, CIUDAD, donde arremolinados en las calles a las dos de la mañana, debajo de esos cielos imponderables, todos sufren y nacen para morir”… El enorme e infinito espacio del Valle de México alejado de la luna… Vivir para morir, hay una triste canción acerca de esto que a veces escucho en mi cuarto de azotea del distrito del Tejado, ubicado en la parte más alta, con velas, esperando el Nirvana o a Tristessa… Ninguno viene… a mediodía escucho La Paloma emitida por radios mentales al final del camino a través de las ventanas de las casas… El muchacho loco de la puerta de junto canta, el sueño se realiza ahora, la música es demasiado triste, se duelen los cornos franceses, sollozan los violines altos y el locutor indio-español deberratarra-raratarara. Vivir para morir, esperando en el anaquel, mientras arriba en el cielo, arriba de mi puerta, está un dorado y abierto caramelo… El cielo es el Sutra del Diamante.”

 

(1960)

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La mujer rota, de Simone de Beauvoir (fragmento)

“Jueves 16

Miro las gotas de agua deslizarse sobre el vidrio que hace poco golpeaba la lluvia. No caen verticalmente; parecerían gusanitos que por razones misteriosas fueran oblicuamente a la derecha, a la izquierda, filtrándose entre otras gotas inmóviles, deteniéndose, continuando como si buscaran algo. Me parece no tener nada más que hacer. Siempre tenía algo que hacer. Ahora, tejer, cocinar, escuchar un disco, todo me parece vano. El amor de Maurice daba importancia a cada momento de mi vida. Es hueca. Todo es hueco: los objetos, los instantes. Y yo.

El otro día pregunté a Marie Lambert si me encontraba inteligente. Su mirada se clavó en la mía.

– Usted es muy inteligente…

Dije:

– Hay un, pero…

– La inteligencia se atrofia cuando uno no la alimenta. Debería dejar que su marido le buscara trabajo.

– El tipo de trabajo del que soy capaz no me daría ningún resultado.

– Eso no es nada seguro.

Esta mañana tuve una iluminación: todo es culpa mía. Mi error más grave ha sido no comprender que el tiempo pasa.”

(1968)

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La oscuridad

Sonríe mientras avanza por el muelle y lee los nombres de las embarcaciones. La suya le espera al final de la plataforma. La reconoce desde lejos, quizás porque atardece y la luz aún brilla sobre el casco blanco o quizás porque las velas recogidas no esconden los dibujos que hace un tiempo se han instalado en su mente. Cuando llega al final del andén, se detiene; el viento que llega del Norte ha traído una nube oscura que por segundos arroja goterones sobre el agua. Observa las salpicaduras que caen sobre el malecón y las ve disolverse y desaparecer apenas el sol reaparece. Sigue de espaldas al velero, pero aún sin mirar sabe que un brazo se ha extendido hacia ella. Gira, alarga su mano, se aferra y salta.

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Satori en París, de Jack Kerouac (fragmento)

“La verdad era que estaba ese día en Nueva York, pero ella no podía tener menos ganas de decírmelo y me quedé sentado frente a aquella imperiosa secretaria, que sin duda pensaba que era la misma señora Defarge del Cuento de dos ciudades de Dickens cosiendo los nombres de potenciales víctimas de la guillotina en el paño del impresor mientras desfilaba media docena de futuros escritores impacientes o preocupados con sus manuscritos, todos los cuales me lanzaron una mirada categóricamente indecente cuando oyeron mi nombre y murmuraron en voz baja: “¿Kerouac? Yo puedo escribir diez veces mejor que ese beatnik maníaco y lo probaré con este manuscrito titulado Silencio en los labios acerca de cómo Renard entra en el salón encendiendo un cigarrillo y se niega a reconocer la triste sonrisa informe de la conspiradora protagonista lesbiana cuyo padre acaba de morir cuando trataba de violar a un alce en la batalla de Guckamonga, y Philipe el intelectual entra en el siguiente capítulo encendiendo un cigarrillo con un salto existencial a través de la página en blanco que dejo a continuación y todo termina con un monólogo que abarca el conjunto, etc. Lo único que puede hacer Kerouac es escribir cuentos de viejas y de tan mal gusto que ni siquiera presenta una protagonista bien definida disfrazada de dominó que crucifica pollos para su madre con martillo y clavos en un “happening” realizado en la cocina. “Tengo ganas de cantar la vieja tonada de Jimmy Lunceford:

          It aint watcha do

          ifs the way atcha do it!”

 

(1966)

 

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