El fin de la memoria: la gota fría

Caminaba por la antigua calle semi-rural donde una vez tuvo la inesperada fortuna de conocer a sus más interesantes y apreciables amigos. Pero hacía largos años ya que a ese lugar no acudía porque la imperfección de la amistad había puesto fin a lo vivido.

Al avanzar recordó a Los Prisioneros en el antiguo local ya no existente, donde cantó, bailó y aplaudió durante largas, inolvidables horas. Al bajar de la vereda y meter los pies en el húmedo cruce esquina recordó las salidas nocturnas que una vez hasta dejó lleno de agua a uno de sus amigos que, pese a su ebriedad, logró salvar su computador y a otro que, ya estacionado, cada vez que llegaba sacaba ropa limpia de su maletero y se cambiaba afuera, a la vista de toda peatona. Recordó también la petaca whiskera que llevaban a cada teatro o acto literario y la enseñanza tabaquera que había recibido por primera vez en largos años tras haberse convertido en madre siendo muy joven. El muro de madera de la antigua casa visible le trajo a la mente las risas bilingües del extranjero que alguna vez se presentó, las recetas de cocina que siempre alguno preparaba y todos devoraban, los recuerdos del historial del país y de lo propio vivido ante la dictadura, los viajes hacia el sur para la celebración de la fiesta de fin de año y de la víspera del año nuevo, etc. Eso y más, incluyendo cuando unos metros más adelante, al ver el árbol que cubría el jardín delantero de la casa que había sido parte de lo vivido allí, le trajo a la mente el solsticio de invierno, el día más corto del año en el sur del planeta pero la noche más larga y disfrutable en ese punto sureño.

Al llegar al destino final no le quedó otra que dejar de pensar, tocar el timbre y pedir al conserje acceso al edificio. Una vez adentro y ya trepando la escalera sintió que su memoria ya debía ser borrada. Seguir extrañando los paseos con el constructor, los viajes con el gringo o las juntas con el escritor, el artista pintor y el gestor cultural ante cero posibilidad de retomarlo carecía de sentido. La ola de emociones le inundaba de dolor…

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En Patagonia
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