Hasta siempre, mujercitas, de Marcela Serrano (fragmento)

«… Aquella indignación fue muchas veces el motor de su fortaleza.

Septiembre de 1978: la destrucción del mundo que conocían, la incomprensión, la bestialidad. Aún no pasaba el frío del mes de octubre cuando tía Casilda enfermó y Oliverio hubo de viajar de inmediato al sur a verla. Al cruzar el Pueblo para llegar a la casa grande le llamó la atención la bandera chilena que colgaba de una ventana de la casa del practicante. Cree haber divisado a Silvia, la hija, tras el vidrio. Al día siguiente irrumpió una patrulla de militares en el aserradero buscando armas, una denuncia, dijeron. Por cierto, encontraron las escopetas de caza (nunca inscribieron una arma en esa familia ni en ese pueblo, no se les habría ocurrido) y un revólver en el dormitorio del tío Antonio. Se llevaron a Oliverio, ¿a quién más?, si tía Casilda guardaba cama por primera vez en su vida y probablemente los tíos les parecieron un poco viejos y achacosos y no supieron bien qué hacer con ellos. El estudiante de la capital, limpiecito, educado y compuesto, respondería al perfil del perfecto extremista. Se lo llevaron.»

(2004)

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En Patagonia
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