El fin de la memoria: el bototo

Nadie en la propia familia lo había hecho, pero la sospecha de que estaba por ocurrir resultó confirmada cuando, al despertar tras la siesta, vio la tijera yaciendo en el piso. No había gotas de sangre ni trozos de piel, pero sí un rastro de restos humanos y la voz del culpable circulaba tan alegre y divertida desde su guarida, que tomó una clara decisión: forzarlo a declarar y aceptar su culpa. Tras invocarlo -y aprovechando la distancia- tomó uno de sus armamentos más contemporáneos, lo escondió en su bolsillo y se movió a la calle. Junto a la acera reposaba su vehículo, por lo que al ver al tarambana salir de casa a enfrentar la convocatoria lo forzó a posar frente al Fiat 126, o sea… al bototo. Una vez allí dio un paso firme hacia adelante, le acercó la mano a su graciosa chasquilla tijereteada, abrió su cámara fotográfica y antes de registrar su tierna imagen le lanzó el grito que anunciaba su sentencia: “¡sonríe, peluquiero!”.

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En Patagonia
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