Lucero, de Óscar Castro (fragmento)

«… Traspuestas unas cuantas cadenas de montañas, ya no se divisa el valle. Hay cerros hacia donde se vuelva la mirada. Y arriba, un cielo frágil, puro, más azul que el frío del viento, manchado apenas por el vuelo de un águila, señora de ese predio inabarcable.

La soledad de la altura es tan ancha, tan diáfanamente desamparada, que el viajero siente a veces la leve sensación de ahogarse en el viento, como si se hallara en el fondo de un agua infinitamente liviana. Pero el hombre no tiene tiempo de admirar las perspectivas magníficas del paisaje. Ni esta atmósfera que parece una burbuja translúcida; ni el verde rotundo y orquestal de las plantas; ni la sinfonía de pájaros e insectos que asciende en flechas finas hacia la altura, dicen nada a su espíritu tallado en obscuras substancias de esfuerzo y decisión.»

 

(1940 – Huellas en la tierra)

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En Patagonia
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