Hasta siempre, mujercitas, de Marcela Serrano (fragmento)

«Dormí esa noche como si nunca hubiese dormido. Al despertar, con el cuerpo adolorido y desconcertado, busqué a mi cíngara amiga, pero ya había partido. No tuve la oportunidad de darle las gracias. Entonces llegó Oliverio y debí reconocer que no sería nunca gitana, ni promiscua ni desatada, que mi realidad, encarnada en la persona de mi primo, venía a presentarse arrogante e inalterable frente a mis ojos, y que no existía huida posible.

Me he preguntado a través de la vida si puede suceder que, de un día para otro, un cuerpo determinado -en este caso, el mío- pueda, en un momento de su existir, expulsar alguna sustancia mañosa que oblique a todo cuerpo cercano a manifestársele, a desearlo. Yo no era ninguna Mata Hari, ninguna mujer irresistible, pero por algunas horas largas todo ser que se me acercó necesitó violentamente poseerme. De más estará explicar que nadie me había poseído nunca hasta entonces, por lo que mi virginidad pareció perderse mil veces, como si una vez no le bastara para dejar de ser propiamente una virginidad…»

(2004)

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En Patagonia
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