La brecha: el estampido

Entró a la habitación principal fingiendo que prestaría ayuda para reorganizar el clóset, ahora parcialmente vacío tras la partida del infiel. Con la mano vendada su madre no había logrado esparcir casi nada sobre la cama, por lo que su primera acción fue abrir cajones y mover las puertas para darle acceso. Por esos años era la más crecida, así que tenía excusa para examinar el rincón más alto del clóset pese a que, según siempre habían sido advertidas, constituía un espacio prohibido para ella y sus hermanas. Su madre estaba tan concentrada en la distribución de sus prendas -y en llevar al basurero la bolsa con aquellas olvidadas por su marido-, que no la vio bajar el cofre de madera, ni hurguetear el llavero en su cartera. Quien sí la vio fue su hermana, que acababa de entrar. Lo tomó mal, sin embargo, porque al verla abrir la caja, sacar el revolver y pretender examinar si estaba cargada, si tenía puesto el seguro o, en fin, todo aquello aprendido en las series policiales que veían juntas, entró en pánico. Y es que cuando la vio girar apuntando al muro que ella suponía vacío la muchacha lanzó un grito y, con el rostro pálido, se fue corriendo a llorar sobre su propia cama. Una lástima, pensó. Si no fuera tan inmadura habría sabido que yo sólo buscaba confirmar lo obvio, que el ‘ruido de escape’ que nos despertó la otra noche fue, en verdad, un disparo que le dejó a su propia dueña la mano rota.

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En Patagonia
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