La brecha: pseudoplutocracia

Cierto, extrañaba la facilidad con que transcurría su vida cuando aún funcionaba como hija, pero pese a lo joven que era y las cuestionadas decisiones personales que había tomado -suspender los estudios financiados por opción de sus padres, vivir por su cuenta en una pieza arrendada-, había logrado avanzar lo suficiente como para estar disfrutando hoy su primer sueldo formal. No es que nunca hubiera trabajado, pero su falta de preparación y experiencia imponía límites tan obvios que con frecuencia bromeaba con incluir en su curriculum su aparentemente única habilidad: vivir de propinas. Hoy, sin embargo, pese a que con este nuevo ingreso tardaría meses en saldar sus deudas y reponer sus carencias, había por fin logrado obtener un abrigo, no de marca conocida, sino aquel que cada día veía en esa vitrina de barrio. La ropa de segunda mano no encajaba entre los suyos, pero poder abrigarse en invierno a su pinta en lugar de acomodarse al gusto ajeno con que había sido criada le daba una insuperable sensación de libertad. Eso sentía mientras iba camino a la cena familiar y eso abrazó como su máximo triunfo vital cuando, tras abrir la puerta, se encontró con su madre y recibió como saludo «¡pareces una pordiosera!»…

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En Patagonia
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