La oscuridad

La oscuridad ya se había disipado y ambos yacían en el living, aún medio agitados pero sin ningún impulso visible por escapar nuevamente de la luz. Desde el sillón él le observaba en silencio, con los ojos diagramando una lista de pros y contras que al poco rato respaldaría su decisión de abandonar la aventura. Desde el sofá los ojos de ella apuntaban a ese otro extremo, pero no saboreando de antemano un siguiente encuentro, como seguro él creía, sino preguntándose una y otra vez cómo es que en su mente se había colado el rostro de ese casi desconocido que ahora se instalaba como próximo proyecto. Cuando él se despidió habiendo decidido que no volvería, ella ni siquiera se molestó en levantarse; su pensamiento estaba fijo en esa otra cara que se había interpuesto en medio de la oscuridad.

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En Patagonia
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