La oscuridad

Desde su rincón en la cama prestada le escucha llegar. La puerta entreabierta deja pasar un poco de luz que se rompe en forma irregular mientras él transita por el pasillo. Ha renunciado a su colchón para albergarla y con gentileza y silencio se instala en el futón de la sala de estar. Ella siente culpa y por un momento tiene el impulso de devolverle ese espacio privado y ejercer su rol de invitada, pero de pronto la luz se ha ido y la oportunidad también. Empieza a girar abrazando la almohada y el sonido de un movimiento idéntico llega desde el futón. Retiene el suspiro que sube por su garganta y, sin embargo, éste parece hallar salida en la otra habitación. Sus párpados se cierran, como se cierran allá los de esos ojos claros que -siente- cruzan paredes para unirse a los suyos en el sueño.

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En Patagonia
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