El nervio óptico, de María Gainza (fragmento)

“Con los años han bajado los decibeles de las peleas. Ahora que están grandes y cansadas, cada discusión parece un paso de comedia; hace poco la seguiste por un pasillo de su casa leyéndole párrafos de Irène Némirovsky: ‘En tus raros momentos de ternura maternal, cuando me estrechabas contra el pecho, tus uñas se clavaban en mis brazos desnudos’. Tu madre, apurando el paso con insólita agilidad para dejarte atrás, murmuraba: ‘¡Pero qué horror, hija, las cosas que leés!’. Lo único que cada tanto las arrima es Hubert Robert, y cuando eso ocurre, la brecha entre ustedes se acorta. Es un instante nomás, un fogonazo en el que ves la relación que habrían podido tener si las dos hubieran cedido un poco, si a las dos no se las hubiera tragado el personaje. Pero, a esta altura, difícil que haya marcha atrás. Para ella serás siempre alguien que desperdició su suerte, la zurdita paqueta que vive como paria. Cuando te hace enojar le decís que te gusta vivir así, en tierra de nadie, y que con las astillas de sus muebles algún día construirás tu casa.”

 

(2016 – del cap. El encanto de las ruinas)

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En Patagonia
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