La oscuridad

En ningún momento de la noche ha logrado olvidar que ésa no es su cama. Aunque no ha abierto los ojos, la luz que se cuela por la ventana, sin el límite impuesto por la bruma habitual en su tierra, se lo refuerza con insistencia. Se mantiene inmóvil, un poco deseando que el sueño la venza, un poco temiendo caer dormida en esa habitación que no es la suya, junto a ese cuerpo que ha sentido, pero no ha visto. “¿Cómo es que te llamas…?”, preguntan desde la almohada vecina. Se gira en la cama preparada para combatir el bochorno con una actitud moderna, falsamente relajada, pero no resulta necesario porque los ojos le sonríen confesando la broma y las manos la recuperan con la misma pasión y dulzura con que antes la atrapó la oscuridad.

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En Patagonia
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