Ayer

Lo primero que sintió ayer fue el alivio de que, aunque menos que antes, siguieron hablando cuando a la abuela se le desató el olvido y sólo dejaron de hacerlo cuando inventar cuentos para aprovecharse ya no fue gracioso. “Nunca me llamas”, le espetaba la anciana en tono de reprimenda, “pero si te llamé anoche”, mentía ella como parte de un juego. Y entonces la abuela abandonaba el tono lastimero y, llamándola por ese apodo amorosodioso de la primera infancia, le preguntaba por una vida que ya no existía, le aclaraba dudas sobre ingredientes y tiempos de cocción, le hablaba de sus padres en la panadería de la esquina y le contaba su añoranza por la lluvia del sur y la vida en el campo, sumergiéndolas a ambas en una maraña de recuerdos olorosos que invariablemente las llevaba al lugar feliz que habitaban juntas desde el inicio de la memoria. Ese sitio que ahora deberá visitar a solas.

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En Patagonia
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