El fin de la memoria: los volantines

El invierno se cerraba definitivamente con los volantines. Éstos eran de papeles de colores y varillas de sauce escogidas con esmero en alguna quebrada. Se partía con uno sencillo elevado en la avenida y, si uno resultaba suficientemente hábil, seguían las competencias “a comisión” bajo el sol de primavera en un sitio eriazo. Sólo los atrevidos usaban hilo “curado” con vidrio molido y pegamento. A esos no nos acercábamos, mas si a pesar de nuestra cautela terminábamos perdiendo nuestra cometa, con una hoja de diario armábamos un chonchón para correr por el potrero y alargar la felicidad hasta el ocaso.

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En Patagonia
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