El fin de la memoria: la mujer dormida

Los hermanos cargaban bolsones de cuero abrillantado que eran nuestra envidia. Para llegar a la escuela debían rodear un potrero en el que a veces pastaba una vaca. Sin embargo, si los padres no estaban a la vista la hermana mayor tomaba al más chico de la mano y juntos cruzaban esa llanura baldía que dividía el barrio en dos. Quedaron en evidencia la mañana en que el muchachito halló a la mujer dormida. La mayor venció rápidamente el miedo al castigo, abandonó los bolsones sobre el pasto y corrió con su hermano de vuelta a casa. A partir de entonces se nos prohibió el paso por ese lugar, pero igual nos escabullíamos en bicicleta a examinar el sitio del suceso.

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En Patagonia
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