El fin de la memoria: el Gulliver del patio

Era un hombre muy alto y formal. Vestía su metro ochenta y cinco con ternos de corte impecable que su mujer planchaba con unas almohadillas especiales, regalo de su suegra. Sus mañanas de Director transcurrían entre reglamentos, oficios, reuniones de planificación y encuentros a veces ingratos con padres y apoderados, todo ello bajo un halo de autoridad que había buscado y disfrutaba. Sin embargo, su verdadero goce ocurría por las tardes, en el aula del segundo básico, donde se reencontraba con el pizarrón, la tiza, el lápiz rojo y las caritas atentas. No era infrecuente verlo en el patio durante los recreos, erguido y solemne, mientras una horda de enanos desafiaba su entereza a punta de empujones. Es que no había mayor triunfo en ese Lilliput de los ’70 que dominar al gigante encorbatado, extenderlo cuan largo era sobre el concreto y lanzarse sobre él mientras fingía agonizar bajo la marea de cuadrillé azul.

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En Patagonia
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