Sobre el chauvinismo, de Ernesto Sábato

Si un señor escribe de sí mismo: “He aquí un hombre cuyo nacimiento ha sido saludado con admiración por todos los habitantes del planeta, que jamás ha sido vencido, que ha luchado siempre con legendaria valentía y que ha demostrado para la eternidad el inigualable poder de su brazo y la firmeza de su alma”, es claro que sería tomado por un enloquecido vanidoso a quien debe volverse la espalda con desprecio. Pero si esas palabras componen el himno de una nación, no sólo no son despreciables sino que deben ser escuchadas con el sombrero en la mano por los propios beneficiados.

¿Acaso no es el chauvinismo para la nación lo que la vanidad para el individuo? Nunca pude comprender por qué la vanidad ha de dejar serlo cuando se la multiplica por varios millones; ni por qué una persona ha de ser censurada cuando afirma ser la más interesante del Universo y debe ser ensalzada la nación que canta semejante loa a sí misma.

Es que como todos somos vanidosos pero nos avergonzamos de serlo -sin por eso dejar de serlo-, aprovechamos ansiosamente la ocasión de darle salida anónima y colectiva.

 

(Heterodoxia, 1953)

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En Patagonia
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