Nido 18.

Serpaj es un proyecto social que atiende a unos 50 niños y niñas en situación de calle de comunas del sector sur de Santiago. Funciona desde el 1995 en el terreno que corresponde al 9.053 de calle Perú, cerca del paradero 18 de Vicuña Mackenna, en la comuna de La Florida en Santiago.

En el lugar, hoy se ven dos pequeñas construcciones donde funciona la administración, además de una carpa de circo, donde los menores realizan expresiones artísticas.

Nada fuera de lo común, salvo por un pilar de cemento al medio del terreno, con una calavera pintada.

Es el pilar de los colgados. Los niños le pusieron así porque ahí colgaban a la gente. Es una de las pocas cosas que quedan de la construcción antigua”, señala una de las trabajadoras del lugar refiriéndose al centro de tortura que existió en ese lugar a mediados de los años 70.

Se trataba del recinto denominado Nido 18, uno de los lugares que funcionó como cárcel del Comando Conjunto y que fue destinado casi exclusivamente a las torturas.

En este lugar, según el informe Rettig “actuaban agentes miembros de la Dirección de Inteligencia de la Fuerza Aérea (DIFA) y de la Dirección de Inteligencia de Carabineros (DICAR), y civiles provenientes de grupos nacionalistas o de extrema derecha, todos ellos agentes operativos del Comando Conjunto”.

Según María Inés Salgado, directora de Serpaj, el lugar “fue donado al Fondo de Solidaridad Nacional que había sido creado por decreto por Pinochet”.

Nido 18

(visto aquí)

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Una respuesta a Nido 18.

  1. Viví frente al ‘Nido 18’ entre 1981 y 1989. Mi familia todavía vive allí, justo al frente, puerta contra puerta. La casa tenía un muro alto y un portón que impedía ver. No se sabía nada en esa época, pero se notaba movimiento. Se decía que era ‘gente de Carabineros’. Por los reportes, imagino que para entonces ya no se usaba como centro de tortura. Cuando esa gente se fue, quedó vacía por mucho tiempo. Con mis amigos de entonces nos colamos una vez. La casa estaba medio desarmada y en el garage había un pozo como de taller mecánico. Estaba el poste de la foto, el que ahora llaman ‘de los colgados’. Vivía en una burbuja en esos años. Mis amigos me abrieron los ojos a la realidad. Yo todavía iba al colegio, pero ellos habían entrado a la universidad. Uno de ellos participaba en las Juventudes Comunistas y había pasado algún fin de semana en curso de guerrilla. Había tenido que pasar muchas pruebas de confianza que se suponía le abrían puertas para cosas más duras, pero finalmente había retrocedido; la universidad le había abierto otros caminos, más abstractos, más teóricos. Y más tarde, cuando el régimen terminó, la lucha armada dejó de tener sentido. Bajo la cama de este amigo escondíamos material de propaganda. Él, que era rematado de torpe con las manos, ayudaba en una brigada de rayado de muros. Uno marcaba los esténciles y el otro –generalmente yo- los recortaba.
    Vivía frente al ‘Nido 18’ cuando se hizo la primera velatón. Fue en la calle, frente al portón cerrado. Mi madre apagó las luces, furiosa, y un amigo tocó un solo fúnebre hermoso en su trompeta. Mis padres eran afines al régimen; si sabían algo, callaron. Mi abuela, a quien no se le escapaba nada, tiene que haberse dado cuenta, pero tampoco habló. Y hace largo rato está perdida en su propia mente, ya no hay respuestas a mis preguntas.

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