Lagartos en el cuartel (yo no era así, fue en el Servicio Militar), de Pedro Lemebel (fragmento)

(…) Una pedagogía que maquilla de moretones el entorchado de sus banderas. Como si la autorización para ser ciudadano de cinco estrellas, pasara por el quebrantamiento del femenino. Como si la licencia militar fuera la marca sagrada del yagatán como emblemática.  Aún después del trauma marcial de la dictadura, esta clase privilegiada en sus galones dorados y flecos de comparsa, sigue danzando en la pasarela de franela gris, plomo acero, verde oliva y azul marino. Solamente con la excusa de la defensa. Aún después del holocausto los compases de la Rendeski abren las «grandes alamedas». El revival fatídico de esa marcha resuena en el escalofrío de los crematorios y cárceles de tortura. Pareciera que a estas alturas del siglo, la memoria del dolor fuera un video-clip bailable con un paquete de papas fritas. Pareciera que en este mismo film, rodaran juntos desaparecidos, judíos, mujeres, negros y maricas pisoteados por las suelas orugas de bototos, zapatillas Adidas y tanques. Pareciera que en cada giro de cascos se reiterara el desprecio por la democracia. Pareciera que en ángulo recto del paso de parada, los testículos en hileras, fueran granadas de reserva a punto de detonar nuevamente sobre La Moneda.»

 

(de La esquina de mi corazón, 1995)

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En Patagonia
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