El fin de la memoria: Nívea

La abuela se embadurnaba la cara todas las noches con el betún pegote de la caja azul. Siempre había una en su velador, o dos.  Las cajas vacías eran usadas para guardar botones, alfileres, bisutería o lo que fuera y se hallaban esparcidas por toda la casa. Competían con las cajas doradas de anilina, que, aunque más pequeñas y menos herméticas, eran más preciadas por escasas.

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En Patagonia
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