El fin de la memoria: La marea

Tras un año de visitas al médico e innumerables inyecciones para engañar a la naturaleza y satisfacer la obsesión materna de crecer aunque fuera unos pocos centímetros más, doctor, sabía que no debía ocurrir. Pero no podía evitarlo y lo oculté como pude.  La abuela halló mi calzón manchado tras el lavadero y me regaló un juego de pañitos de toalla para reemplazar la pelota de papel higiénico con que intentaba atajar la fuga de mi niñez.

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En Patagonia
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