De los caballeros solos, de Clemente Riedemann

Después de los 40,

un caballero cae en

cuenta

que ninguna mujer

comprenderá la magnitud

de su soledad,

de su inmensa tristeza.

Bebe su vino y permanece

quieto en una

silla,

sin ánimo para atrapar

las moscas de la sala

o regar las

plantas del jardín.

Ha dejado de estudiar las nubes

que cruzan

encima del lago

y sólo el aroma

de la carne en la parrilla

y las

risas de los amigos

-cuarentones como todos

los caballeros solos-

logran que arrime

su columna vertebral

cerca de las brasas

calientes.

Se ríe de todo, mas – de veras –

nada le alegra.

Por

cierto, puede aullar

de dolor auténtico,

a solas, sin histeria

y sin

golpearse el pecho

con objetos contundentes.

Entierra a su madre

un domingo por la tarde

y se queda sentado

en un tronco del patio,

donde el viento del otoño

le va arrancando la camisa

a jirones,

hasta que

el paisaje circundante

invade el espacio

reservado a su

silueta,

sin que sea posible

volver a tener noticias

de su paradero.

(de Gente en la Carretera, 2001)

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En Patagonia
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