Rollitos de carne al vino tinto con puré de garbanzos

escalopas de vacuno, pollo, cerdo (o cualquier carne tierna)

aceto balsámico, romero, pimienta, sal

palitos de zanahoria, zucchini, apio, pimientos de colores, cebollín

mondadientes, vino tinto

garbanzos sin piel remojados una noche y cocidos con sal en agua limpia

aceite de oliva, mantequilla, merquén

 

Marinar la carne en aceto balsámico y especias unas horas, enrollar alrededor de las verduras en bastones, pinchar con un mondadientes y llevar al sartén tapado en un baño de vino tinto.  Servir acompañado del puré, espolvoreado con merquén.

El mismo tinto suave para acompañar -más unas mini tostaditas integrales- ¡y listo, perfecto para un domingo con amigos!

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Acerca de primeralluvia

En Patagonia
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2 respuestas a Rollitos de carne al vino tinto con puré de garbanzos

  1. “Nada como la lluvia sabe mejor decirnos que el Universo es el alma de un gigante desorientado. La lluvia, ese sentimiento que se parece tanto a la melancolía de existir, al desamparo dulce, a la ansiedad cumplida y a la felicidad de estar triste o algo así. La lluvia que nos educa como a criaturas que no saben vivir dentro de una pecera.”

    Gracias por visitarme, Hummus.

  2. hummus dijo:

    MISERICORDIA AZUL

    Nada como la lluvia sabe mejor decirnos que el Universo es el alma de un gigante desorientado. La lluvia, ese sentimiento que se parece tanto a la melancolía de existir, al desamparo dulce, a la ansiedad cumplida y a la felicidad de estar triste o algo así. La lluvia que nos educa como a criaturas que no saben vivir dentro de una pecera.

    Fue mi padre quien me enseñó a mirar la lluvia y me dijo estas palabras: “La lluvia amansa el alma. La lluvia sabe amansar porque la lluvia cae y nosotros estamos. Es así de sencillo. Casi misericordia. Misericordia azul”.

    Mirar la lluvia nos mete cosas humildes en la cabeza. A veces es mejor mirar la lluvia que soñar. A veces creo que la lluvia y los mendigos son la misma cosa. Incluso que la lluvia y un ciego que mastica chicle todas las mañanas en la puerta de Mercadona son la misma cosa. Incluso que un gorrión que escarba en la tierra y la lluvia son la misma cosa. Incluso que los ancianos que viven en pisos sin ascensor y comen yogures caducados son la misma cosa. Algunas veces he dejado todo lo que estaba haciendo para mirar la lluvia, exactamente igual, con el mismo motivo y el mismo anhelo de quien se queda despierto muy tarde por la noche por el simple deseo de estar vivo un poco más, un poco más, un poco más. Y siempre miro la lluvia con ese sentimiento de quien va a una iglesia. Y siempre asocio la lluvia a una vena abierta. Y entonces, siento mucha ternura por todo lo que veo y amo todas las cosas que siempre serán charco.

    A veces ves llover y el alma se te llena un poco de esa misericordia azul que había en mi padre, y un solitario “impulso de delicia te lleva a escribir” mientras que todo muere lentamente en la Tierra y tú lo notas.

    “Treinta maneras de mirar la lluvia”, de Migel Sánchez Robles.
    I Premio Internacional de poesía “Gabriel Celaya”
    Bermingham Editorial. San Sebastián, marzo 2012

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