Palo y medio

–  Mire, la pierna del cerdo es como de este tamaño –dice separando las manos algo menos que el ancho de sus hombros.  La mejor es la del matadero de calle Franklin.  Hay que ingeniárselas para sacarle el hueso y después hay que meterle unas cebollitas en cuartos, unos gajos de pera, harto romero fresco, pimienta, lo que a usted le guste.  Puede usar cualquier tipo de parrilla, claro está, pero yo me hice una de lujo con un tambor cortado y la prefiero para la leña, ¿ve?  Así queda no sólo asada, sino también ahumada.  Y si la leña es de eucaliptus, ¡mucho mejor pues mijita porque no hay aroma que la supere…!

Mientras me explica esto con una sonrisa burlona, he visto a don Washington espiar por el rabillo del ojo a sus compañeros de viaje.  Yo no he necesitado hacerlo porque conozco el guión de esa novela –como decía mi nana Aurora- y no me cuesta nada imaginarlos haciendo pases a dos dedos sobre las pantallas touch de sus smartphones para mostrar las decenas de ostras australes –no de las otras que no saben a nada pos’hom– extendidas sobre la nieve andina en la última subida del invierno pos’homPalo y  medio me costó ese finde, perro -alcanzo a oír antes de apagar las orejas en un acto de obediencia retroactiva a mi sabia niñera.

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En Patagonia
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