A puras naranjas

El personal del catering pasa por mi lado cargado con bandejas de postres, entradas frías y receptáculos para mantener carnes, pastas y guarniciones calientes.  Me he refugiado en el patio del fondo para terminar mis preparativos antes del gran evento familiar.  No me siento a gusto entre los otros, pero éstos, los del patio, son mi gente por donde les mire.  La cocinera gorda reclama el azafate para el salmón a la mantequilla y da instrucciones a una muchacha sobre la disposición que deben tener los “marmelos” entre los cócteles de fruta del buffet.  Escribo un edicto mental prohibiéndome alguna vez contaminar jugosas ofrendas de la estación con insufribles malvaviscos azucarados y me prendo sin querer de la conversación de dos meseras que disputan liderazgo sobre la base de la alcurnia de los comensales servidos en otros eventos.  Un copero se fuma un cigarrillo a escondidas bajo el nogal del fondo, pero lo apaga en cuanto la cocinera asoma la cabeza por la puerta de la cocina reclamando a viva voz la tabla para trinchar las carnes.  El muchacho pasa corriendo por mi lado hacia el lavadero.  En el camino da con la tabla y se anota un punto con la gorda.  Yo no avanzo nada con mis arreglos pero la supervisora ha zanjado en un dos por tres la disputa de las meseras y ahora ambas cuentan manteles y cubiertos en silencio, espalda contra espalda.  El electricista viene por tercera vez a pedir un vaso de agua y quejarse del calor que hay bajo la carpa.  Lleva varias horas encerrado desplegando circuitos para la luz y la música y luce al borde del desmayo.  El buen humor le alcanza para reírse del DJ loco que ensaya rutinas de baile con máscaras de superhéroes y del mimo que no logra que se le afirme el maquillaje bajo la luz de los focos.  “¿No tendrá alguna otra cosita más contundente?”, pregunta don Raúl a la supervisora pero ella lo mira sin verlo y sigue de largo.  El viejo se pone otra vez en cuclillas, recoge una fruta que ha caído al suelo y desaparece bajo la carpa.  “Mish, tanto manjar y uno, a puras naranjas…”

Cuando empiezan los discursos me asomo un rato al encarpado, me sumo a los brindis de rigor y hasta bailo una cumbia suave con un tipo de acento español.  Más tarde, cuando la cena ha terminado y el baile está en su apogeo, armo una bandeja suculenta con lo que ha quedado de la comida y vuelvo al patio.  La gorda me mira sin saber muy bien qué hacer, pero al final atina y trae vasos y cubiertos mientras descorcho la mejor botella de la barra, birlada en un descuido de mis hermanas.  Las meseras se han tendido sobre unas banquetas con los pies más altos que la cabeza y no se inmutan cuando aparezco.  En un arranque de audacia el copero le pide un baile a la jefa, que acepta indecisa pero agarra fuerzas conforme avanza el merengue.  Don Raúl lía un cigarro con tabaco de hebras rubias y lo hace circular, mientras las meseras cucharean sorbete de limón directo del pote.

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En Patagonia
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