La pecosa

Fue la primera y única pecosa en la familia. Los otros bromeaban con haberla recogido del basurero cubierta de moscas (de ahí la carita llena de manchas), pero a ella eso nunca le había parecido gracioso.  En algún momento lo había dado por cierto, dadas sus otras numerosas diferencias con sus padres y hermanas, pero en la pubertad se habían terminado por consolidar la nariz levemente aguileña del lado materno y los labios abultados del paterno.

Con el tiempo se había asentado en ella la convicción de haber sido puesta en la familia equivocada.  Lectora voraz desde los tres años y escritora en ciernes a los cinco, se dedicaba a capturar en silencio todos los detalles de su entorno, desde la cordialidad distante de sus padres hasta la genialidad escondida en los desbordes del abuelo.  No había tardado en descubrir las diferencias irreconciliables que la apartaban de los suyos.

En la adolescencia se había transformado en una rebelde solapada.  Aunque de vez en cuando dejaba escapar agudezas que obligaban a sus padres a confrontarla, su sello de independencia eran las acciones soterradas:  salidas nocturnas sin permiso, novio clandestino con entrenamiento en guerrilla, vestuario compuesto por ropa de hombre de segunda mano y accesorios colorinches de la feria artesanal, fase vegetariana en un hogar adicto a los asados.  Los padres aparentaban modernidad para no iniciar batallas perdidas, pero criticaban constantemente su modo de vestir, su cabello y hasta su forma de caminar; ella lo resentía en lo profundo de su feminidad y de vuelta les pagaba con panfletos de izquierda diseminados por la sala y canciones de trova a todo pulmón desde la ducha.

De grande intentó acomodarse a las convenciones, pero el esfuerzo no rindió frutos y terminó por abandonar la universidad y la capital.  Después de deambular por tres o cuatro ciudades y abandonar igual cantidad de trabajos, dio por fin con el nicho perfecto:  Instructora de idiomas y traductora free-lance.  En ocasiones extrañaba la estabilidad conocida en la infancia, pero con el tiempo se hizo un espacio en el mercado local que le permitió solventar un pasar simple y disponer -¡maravilla!- de tiempo para aprender fotografía, escribir, organizar encuentros de cocina en su cabaña, o lisa y llanamente dejarse abrazar por el viento en la escalera.

La pecosa, la llamaba su nueva familia.  La palabra la inundaba de ternura cuando viajaba en voz de sus amigos.

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En Patagonia
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4 respuestas a La pecosa

  1. reveladoyrebelado dijo:

    Je, ¿y qué y por qué estilo naif? ¿Inocente?

  2. Gracias a ambos, qué sorpresa.

    Alcaudoncillo, hace tiempo que tengo ganas de robarme una de tus fotos… ¿estaría muy mal?

    Reveladoyrebelado, tu poemario va muy bien, me encanta tu estilo medio naif (no estoy segura, pero que en mi cocina hay un rabanito enamorado de la betarraga)

    Abrazos!

  3. Preciosa descripción de la natural rebeldía juvenil, que a veces se va marchitando y a veces va madurando y dando sus frutos. Lo bonito es ir dándose cuenta del camino recorrido, compartiendo lo aprendido y seguir caminando hacia el horizonte de utopía. Creo.

  4. reveladoyrebelado dijo:

    Ese es el tipo de rebeliones son las que me gustan…

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