Música libre

El flaco había deambulado, incómodo, desde nuestra llegada.  Quizás su equipo había perdido ese día o -más probablemente- la rucia no le había prevenido de nuestra visita, quién sabe.  Poco importó, en todo caso, porque en cuanto Pink Floyd comenzó a sonar, las florecitas rockeras comenzaron a menearse con soltura sobre el piso encerado, el tiuque extendió las alas listo para elevarse con la primera brisa que se colara entre las copas y el cantor del puerto chico se largó a vaciar los pulmones a toda raja en su inglés chapurreado y tónico.

Sólo el flaco pareció dudar, enfurruñado como estaba, pero no fue más que por unos instantes pues pronto olvidó por qué lloriqueaba y se sumó a la libertad y a la música que la transportaba.

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En Patagonia
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