Memorias de gente como uno: El graduado

No era un niño cuando lo volví a ver, vaya que no lo era.  Habían pasado casi diez años, pero yo estaba en esa etapa de la vida en que el paso del tiempo hace rato ha perdido dramatismo y no pensaba en ello.  El viejazo me vino cuando lo vi de pie en el patio.  Si no me hubiera sentido incómoda por el calor y los desconocidos, habría retrocedido de inmediato, pero requería hidratación y coraje para soportar la velada y no me sentía dispuesta a renunciar al mojito que me ofrecía a la distancia.  Me preparé mentalmente para escuchar el invariable “tía” con que me saludaban los hijos de mis amigos pero, para mi sorpresa, junto al vaso tintineante recibí una coqueta sonrisa de reconocimiento y una invitación a ver la puesta de sol entre las parras.

Nos vimos a escondidas durante unos meses, hasta que la realidad se impuso y enfrió las cosas.  En un rincón del clóset conservo un par de flores secas, una pulsera de cuero usada en el tobillo en una escapada a la playa, entradas al cine y un sacacorchos robado por él para mi incomprensible preferencia por el vino sobre la cerveza.  Imagino que ya se graduó y anda recorriendo el mundo con su mochila de cabritilla al hombro.  Quizás hasta conserva el ringtone de Mrs. Robinson en su celular.

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En Patagonia
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