Memorias de gente como uno: Veintiún peldaños

Veintiún peldaños.  Para llegar a cualquier parte desde la Costanera, el mínimo era veintiún peldaños.  La alternativa era tortuosos corredores plagados de animales, lo que descartaba de plano el uso de automóviles y reforzaba el tránsito por las escaleras.

El caserío enfrentaba al mar en una estrecha bahía sin nombre.  Una vereda pavimentada y un camino de tierra se interponían entre la playa y las primeras construcciones, y de ahí en adelante todo era cerro.  Las escaleras se asomaban regularmente cada dos casas, a veces de frente y a veces escondidas entre la maleza.  Las había de hormigón, las más nuevas, y de piedra, madera o tierra prensada, la mayoría y más antiguas.  Los primeros sitios habían sido repartidos equitativamente entre los fundadores, por lo que todos tenían el mismo largo y ancho; de ahí los veintiún peldaños entre el nivel del mar y los primeros accesos, y luego entre un acceso y otro.  Con los años habían llegado más familias que se habían instalado trepando el cerro, siempre con la misma lógica de una casa sobre otra y entre ellas, un callejón.  Desde un punto al otro la distancia era siempre la misma.

Mi familia alojaba en la mitad del nivel más reciente del caserío -el tercero-, por lo que cada mañana debíamos descender ciento cinco peldaños hasta la arena, los que remontábamos al medio día para esquivar el sol vertical.  El desplazamiento se repetía a media tarde y a veces en la noche, si es que la luz de una fogata avisaba de un festejo o la luna era propicia para juegos nocturnos.  Las visitas entre vecinos -casi todos parientes- se realizaban utilizando una combinación de escaleras y corredores, siempre que estos últimos estuvieran despejados.  Era frecuente que los animales -vacas, cerdos, cabras- vagaran por este entramado para compensar el poco espacio, bloqueando las subidas.  En ese caso no quedaba más que avanzar hasta la siguiente escalera y probar un desvío.  Lo mismo le pasaba a la burra cuando hacía entregas en su calidad de único cuadrúpedo con habilidad para saltar peldaños y memorizar rutas.  En el almacén de abajo le ataban un letrerito a la carga para que los vecinos la encauzaran si la veían perdida, pero casi nunca hacía falta porque tenía un instinto fabuloso para llegar a destino.  Gallinas, gatos y perros se movían con soltura sobre los techos y rara vez se hacían notar.

Volví hace un par de meses, después de muchos años.  Me estaba costando tener familia y pensé que ese lugar mágico sería perfecto.  No vimos a la burra, pero sí tuvimos que esquivar a un par de terneros cuando bajamos a caminar por la arena.  Sobre los techos no sólo vagan animales pequeños, sino que la gente ha plantado jardines y hasta huertos.  Decidimos hacer una oferta por la casita amarilla de la cuarta escalera del tercer nivel -a exactos ciento cinco peldaños de la playa-, pero no podré ir hasta dentro de unas semanas, cuando se me pasen las náuseas matinales.

Acerca de primeralluvia

En Patagonia
Esta entrada fue publicada en Ejercicios y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s