Memorias de gente como uno: Museo de histeria natural

La semi-oscuridad del sucucho me aterrorizaba aún antes de entrar.  Ya no se usaba como gallinero, pero conservaba el olor ácido de las heces de pollo y el techo desprendía plumas constantemente.  Desde el umbral podía anticipar una sofocante sensación de encierro.

Acudí siguiendo a mi hermanastro, un animalillo silvestre en lento proceso de domesticación.  El muchacho había pasado toda su vida en el campo y el verano le daba la oportunidad perfecta para revivir antiguos pasatiempos.  Yo era hija única y mis primos vivían a más de mil kilómetros, por lo que no estaba habituada al contacto con otros niños -mucho menos varones- y su llegada me había causado gran perplejidad.

Los primeros días me había limitado a observarlo de lejos.  Él tampoco me hablaba, pero en lugar de escudriñarme, circulaba por mi lado como si yo no estuviera allí.  Las indagaciones mutuas habían finalizado al medio día de un jueves, cuando un perro vago me siguió desde la plaza y él me salvó del tarascón apareciendo tras un árbol, con una rama en cada mano y dando gritos de piel roja.  Su figura de hermano mayor quedó así instalada entre nosotros.

Una vez en ejercicio, mi guardián se impuso la cuestionable obligación de quitarme los miedos.  El programa de rehabilitación incluía paseos nocturnos por toda la casa, salidas al patio de la higuera en luna llena, ingesta de damascos caídos llenos de hormigas, búsqueda de huevos en las canaletas, práctica de tiro al blanco con piedras anti-perrazos, cosecha de tunas junto a la pileta, caminatas sobre la pandereta del lado sur y caza de lombrices para las catitas.  Lo del gallinero era último en la lista y constituía tanto mi prueba de fuego como su máxima ofrenda de confianza.

Ya había cumplido con la primera porción del examen -perseguir y dar caza a una lagartija en el fondo soleado del patio- y ahora debía ingresar al gallinero para la parte final.  Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra, pero en cuanto lo hicieron quedé maravillada:  Sobre los palos transversales descansaban tablas a modo de repisa y sobre ellas se desplegaban múltiples frascos de vidrio con toda clase de insectos, arañas, pequeños crustáceos y otros bichos.  Tras ellos, clavados a las paredes, láminas arrancadas de libros representaban al ejemplar en exhibición.

Cuando vi el espacio vacío en la repisa de mi izquierda, recordé por qué estaba allí.  Tomé la lagartija de la cola, apreté los ojos y contuve la respiración, y en un sólo movimiento rápido azoté al pobre animalito contra el mesón de madera.  Luego tomé una hoja de afeitar y le abrí el vientre a todo lo largo.  Conteniendo las arcadas, retiré las vísceras y rellené el espacio vacío con pasto seco.  Hice lo mismo con las patas, aunque con dificultad porque eran muy flaquitas.  A continuación tomé aguja e hilo y cosí las incisiones, cuidando de disimularlas lo más posible.  Entregué el pequeño lagarto a mi flamante hermano mayor, quien con gran cuidado la acomodó sobre sus patas traseras, con las manos como garras y expresión feroz en el hocico.

Sentí el pecho lleno de orgullo cuando mi creación se unió a la galería de gorriones, lauchas y culebras del museo familiar.

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