Memorias de gente como uno: Hot pants

Como para que no quede dudas de quién es la más puta del barrio -habíamos oído decir a las tías-, escogía las últimas luces de la tarde para barrer la vereda y regar los hierbajos, sin más atuendo que el top de un bikini y hot pants de mezclilla.  La hora coincidía con la salida de las nanas y el regreso de los maridos, por lo que a la mañana siguiente las domésticas se apresuraban a reproducir ante sus señoras las conductas lascivas de los patrones.  Quizás con eso se daba por pagada ante el desprecio evidente de que era objeto.

A nosotros nos preocupaba más su fama de bruja.  Los primos menores pasaban las vacaciones con nosotros y juntos habíamos dado con las cruces del árbol de la entrada, múltiples pares de palos amarrados con cordel de cáñamo y un relojito dibujado sobre el nudo.  El descubrimiento nos había alejado del frondoso “pie de vaca” ipso facto, pero la nana Hortensia necesitaba las hojas para sus infusiones antidiabetes y nos había obligado a volver.

Lo hacíamos debidamente protegidos, por supuesto.  Rosarios, estampitas, nuestros breviarios de primera comunión y hasta algún ejemplar del Atalaya nos acompañaban en cada acometida.  Mientras uno de nosotros trepaba por el tronco tan rápido como le era posible, los demás nos dedicábamos a rezar y cubrir con tierra -con la punta del pie para no tocarlas- las crucecitas que caían al sacudirse las ramas.

Había bastado que oyéramos las palabras “mal de ojo” en la radio para que se prendiera la ampolleta colectiva de la superstición infantil.  ¿Qué más podía explicar el misterio del árbol?  Habíamos oído a los grandes comentando los “ojos brujos” de la vecina y sabíamos que otra de la nanas atribuía su estridente juventud –necesaria en el oficio, le habíamos oído añadir, lo que no podía sino significar el oficio de hechicera– a un “pacto con el maligno”.

No ayudaba que su familia tuviera, además, fama de bribona.  La desaparición de algún objeto del jardín era invariablemente atribuida a los habitantes de la casucha amarilla.  Existía alguna certeza de que el padre y el mayor de los hermanos habían, en efecto, cumplido condena por robo, pero los dos más jóvenes asistían al colegio regularmente y trabajaban en la feria libre los domingo.  Excepto por esta última falta -imperdonable para la nana Hortensia pero irrelevante para nosotros-, nada en ellos nos parecía irregular.

La confirmación de que la magia negra tenía relación con los artilugios llegó de la manera más fortuita.  Una de las las primas más pequeñas, angustiada ante la insistencia de la nana por reabastecerse de hojas, se armó de valor y decidió desenterrar las crucecitas para mostrárselas a nuestra madre.  Grande sería su sorpresa al no encontrar más que una bajo el árbol, con el relojito apuntando a la medianoche, como si las demás se hubieran desvanecido por obra de un embrujo.  Como era de esperarse, corrió despavorida a los brazos de su tía y a borbotones desahogó sus miedos, sin olvidar ningún detalle.

A nosotros nos pareció de lo más intenso y no hablamos de otra cosa por muchos días.  Encantados habríamos seguido recogiendo hojas del árbol, pero la nana decidió prescindir de nuestros servicios.  Nuestra madre debe haber estado también muy asustada, pues la vimos llorar día y noche hasta que una de sus amigas la convidó a la playa.  Volvió más serena al lunes siguiente, pero por alguna razón se cambió de pieza y no le habló a papá durante semanas.  Él no dijo nada y dejó de salir a reuniones de trabajo por la noche para no contrariarla.

No volvimos a ver cruces en nuestro árbol y la vecina siguió regando la maleza como si nada.

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En Patagonia
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