Memorias de gente como uno: Ruta 5

Mi madre -su madrina- lo ofreció como peoneta cuando era apenas un muchacho, con la esperanza de quitarle los malos hábitos y avivarle el gusto por el estudio.  No ocurrió lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario:  Al final del primer verano de idas y venidas por la longitudinal norte-sur había acumulado suficiente yerba y contactos para emprender un lucrativo negocio que lo alejaría para siempre de los libros.

Nadie puede decir que no lo intenté, suspiraba la pobre cada vez que se aparecía por la casa a buscar ropa limpia, engullir dos platos de comida y birlar una golosina.  Algo de razón tenía, puesto que se había hecho cargo de él cuando el muchacho apenas juntaba letras.  El padre había muerto a bordo de un biplaza cruzando la Patagonia y la madre, una mujer mayor de constitución frágil, había caído en un pozo de melancolía sin vuelta.  Mi madre se había prendado de él tan pronto como había visto sus piernitas flacas y su nariz pecosa moqueando en el funeral.

Los primeros años habían sido gratos para todos.  Recibido por casi puras mujeres, había sido objeto de constantes mimos que él había gozado sin completa convicción.  Quizás la prueba de que nada duraba para siempre la había recibido tras el nacimiento de mi hermano menor, alrededor de quien se había desatado un cloqueo de gallinas que nunca más cesaría.

Habíamos logrado subirlo al camión sólo porque se había demorado en la despensa afanándose un tarro de leche condensada para huir sin destino.  Conocía al chofer por haberlo visto entregando mercancías donde el vecino y siempre lo habían intimidado su parquedad y la cicatriz sobre la ceja.  Recién en la mitad del viaje venció el miedo para indagar sobre su origen, que no era otro que un tropezón absurdo mientras fumaba un pito a escondidas en el gallinero de la pensión.  Tras reir a carcajadas por varios kilómetros, conductor y asistente acordaron preservar el mito de la venganza sobre un rival de cuchillo.  Este pequeño gesto de complicidad sellaría para siempre su amistad y marcaría el inicio de la doble vida del mocoso.

Continuó viajando cada verano hasta que cumplió los quince y anunció que no volvería al colegio.  Su madrina se limitó a suspirar, cerrar los ojos y justificarse en silencio frente a supobrepadrequenpazdescanse.  Después de eso, volvía sólo para reposar unas horas, narrar historias fantásticas y prometer obsequios exóticos en futuras visitas.  Lo escuchábamos con cariñoso escepticismo y al cabo de un par de días de telefonazos inoportunos y golpecitos en la ventana nos sentíamos aliviados de verlo partir.

Obtuvo su primera licencia de conducir apenas pudo y apenas pudo obtuvo, también, su licencia profesional.  Conocía la ruta 5 como la palma de su mano y los demás choferes saludaban sus encuentros con un bocinazo, como demandaba la costumbre.  Manejaba su negocio paralelo con precaución, pues amaba la vida en la carretera y no quería arriesgarse de más.  La apertura de las fronteras internacionales le ofreció alternativas impensadas y tanto él como su patrón prosperaron.

Nada dura para siempre, debe haber recordado cuando los perros se abalanzaron sobre su carga al pasar por Aduana.  Interpretamos su silencio prolongado como otra más de sus peculiaridades, un cambio de ruta o quién sabe.  Esta última era la teoría más probable, por supuesto, pero nadie en la familia se animó a explorarla.

Salió de la cárcel gracias a un tecnicismo y con sus papeles limpios.  Mantuvo el secreto, pero no volvió a ser el mismo; perdió la sonrisa fácil y adoptó la perturbadora costumbre de elevar la ceja izquierda para escudriñar a la gente.  El dueño del camión se mostró dispuesto a recontratarlo, pero él prefirió reunir sus ahorros y adquirir su propia máquina.  Para no repetir errores, reorganizó su negocio y consiguió que otros hicieran de correo.  El plan parecía bien formulado, pero las autoridades lo tenían identificado y fracasó estrepitosamente.

Volvió a casa después de varios años de reclusión en una cárcel nortina.  Seguía flaco y pecoso y a veces sonreía, aunque a medias porque estaba consciente de su aspecto tenebroso.  Había perdido el camión, pero le quedaban cuentas por cobrar y con eso armó un pequeño fondo para financiar su siguiente emprendimiento:  Un pique minero cerca de Lomas Bayas.  Compró un jeep destartalado, una chancadora y otros utensilios menores y partió de vuelta al desierto.  Lo último que supimos de él fue que habitaba una modesta rancha junto a una mujer y tres críos ajenos y que el matrimonio por la iglesia estaba agendado para octubre de ese año.

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En Patagonia
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