Memorias de gente como uno: Tres hermanitos adorables

Eran tres hermanitos adorables.  Habían nacido prematuros, pero sólo el del medio había requerido cuidados especiales durante su primera infancia.  Gozaba de un apetito saludable, pero su aspecto debilucho provocaba que los mayores se turnaran para palpar su frente, prepararle unos huevos recién recogidos o añadir miel extra a sus bebidas.

La primogénita era una princesita.  A diferencia de nosotras, sus primas, a quienes vestían en serie como a mellizas -aunque yo era regordeta y mi hermana, una morena flaca y alargada-, ella sólo vestía diseños de revista adaptados por la abuela.  Entendíamos las diferencias como manías atribuibles a los grandes, por lo que no resentíamos la profusión de satén rosa que la adornaba.

El menor era cuento aparte.  Todo en él era redondeado, suave, desde sus labios rellenos hasta el botón de su pancita.  Tenía una expresión somnolienta, como si siempre viniera saliendo de la cama o estuviera a punto de caer dormido.  Sus ojos se iluminaban a la vista de una golosina -que la abuela se aseguraba de tener siempre a mano en la forma de torta casera, sopaipillas o compota- y era capaz de pasar largo rato embelesado en un juguete cualquiera.

El resto de nosotros aceptaba el trato preferencial sin resentimiento, veían algo natural en ello.  Qué importaba que hasta el abuelo les concediera el único mimo del que era capaz:  Una “chirola” o dinero de libre uso, algo impensable en esa familia.

Es que los demás sabíamos que algo andaba mal con los primitos adorables.  Cada vez que la abuela los perdía de vista, debíamos recorrer toda la quinta en su búsqueda incluyendo el taller de fierros, el gallinero y la bodega.  Generalmente los encontrábamos acurrucados al fondo de algún armario, amontonados en el cajón de herramientas o sobre una pila de sacos.  O -más raro aún- en la casita de Laika, la boxer de la familia.

Nada de esto era totalmente extraño, excepto lo último.  No lo comentábamos en voz alta, pero cruzábamos miradas llenas de significado cada vez que rescatábamos a la perra de nuestros primos, quienes se aferraban a las tetillas rebozantes de leche como tres adorables cachorritos.

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