Memorias de gente como uno: Travesía en renoleta

Deseábamos morir de vergüenza cuando la veíamos llegar.  O cuando la oíamos, más bien, pues se anunciaba como un tarro con piedras cuadras antes de volverse visible.  Mi hermana, mis primos y mi tío más joven -apenas tres años mayor que yo, la mayor de las nietas- odiábamos esos días ajetreados de nuestros padres y gustosos habríamos pasado la jornada completa en el patio del colegio, sin comer y a la intemperie, con tal de evitar el bochorno de subir al montón de fierros abollados.

El abuelo bajaba rara vez a la ciudad -pasaba la mayor parte del tiempo en la mina-, pero cuando lo hacía y nuestros padres copaban sus agendas, era designado automáticamente como encargado de transporte.  La familia completa se había trasladado al barrio nuevo de la precordillera -primero la abuela y luego cada una de las hijas casadas, todas a la misma cuadra- y el arreglo parecía perfecto.  Nuestro problema no era el abuelo, en cualquier caso, sino la cafetera en que nos llevaba.

La renoleta había visto tiempos mejores.  Recordábamos claramente el vaivén suave y el olor a cuerina del primer viaje, cuando todavía no tenía placa ni documentos.  No habían pasado tres años y, sin embargo, estaba transformada en un atado de latas que se sostenía apenas, con un cartón en lugar de luneta y desprovista de todo forro interior.  En invierno debíamos viajar con los pies sobre los asientos para evitar mojarnos, pues el agua penetraba a borbotones por los agujeros del piso cuando llovía.  En verano, el problema era el viento que entraba como tromba por las ventanas, que ya no giraban y debían permanecer abiertas toda la temporada so peligro de romperse.

Hicimos el último viaje en el mes de diciembre, el día antes del término de clases.  En cuanto vimos a nuestros padres ajetreados con los asuntos de fin de año y escuchamos que el abuelo bajaría a celebrar las fiestas en familia, exhalamos un suspiro colectivo y nos sentamos a esperar.  Nos recogió en medio de la calle, sin detener por completo la marcha.  Tuvimos suerte de que nos tocaran los semáforos en verde, pues una vez en la avenida principal la cosa se puso movida.  Nos dimos cuenta de que los frenos no respondían cuando enfrentamos la rotonda a toda velocidad y un camión nos esquivó apenas.  De ahí en adelante fue como andar en montaña rusa, aferrados al respaldo delantero, los ojos cerrados y las bocas llenas de viento.  Llegamos a nuestra calle vivos de milagro, pero felices, dando vítores por el chofer tan macanudo y dispuestos a repetir la aventura cualquier día.

De más está decir que nuestros padres no estuvieron de acuerdo.  Entre todos convencieron al abuelo de vender la renoleta por su peso como chatarra y comprarse una gran camioneta doble cabina con tracción en las cuatro ruedas.  Lo hizo, pero en protesta la dejó en la mina para siempre y nunca más accedió a ejercer como transportista escolar.

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En Patagonia
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Una respuesta a Memorias de gente como uno: Travesía en renoleta

  1. Felix Franhas dijo:

    MMMMhhhhh. ExqUisito, divertido y hasta sensual. ¡Qué quieres que te diga!. Agradezco la conectividad internetiana de hoy. ¡¡Bien: sigue, sigue!!

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