Memorias de gente como uno: Piñones tostados

Mi bisabuelo alemán perdió a su esposa -sureña hija de alemanes- cuando mi abuela tenía siete años de edad.  Tras abandonarlos ella y a sus hermanos mantuvo una fugaz relación con una criatura tan silenciosa como pequeña, conocida por un breve apodo cantarino y su peculiar aroma a piñones tostados.  De esa unión nació una hija cuya casa en la isla grande visité periódicamente desde que yo misma cumplí siete años de vida.

Me tomó largo tiempo comprender por qué la matrona rubicunda, ruidosa y querendona de mis veranos sureños parecía disolverse en presencia de este ser diminuto.  No podía ser de otra forma entre madre e hija, claro, pero yo era demasiado joven para imaginar que la alemanota de los abrazos pudiera llevar en sus venas sangre de una de las últimas cuncas del sur de Chile.

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En Patagonia
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