Memorias de gente como uno: No se admiten hombres

Que no se admitían hombres es un decir, por supuesto; ninguna de las mujeres que habitaba la casa había nacido por generación espontánea.  El asunto es que no los admitían realmente.  Los admitían de vez en cuando en sus camas, pero nunca permitían que dejaran más huella que la semilla plantada en el vientre.  No había registro de nombres, fechas, palabras de amor, ni adioses.  Sólo la cintura que crecía con los meses y luego la criatura y su llanto de gatita perdida.

Eran cinco cuando las conocí:  La madre, dos hijas, una nieta y una bisnieta que entonces venía en camino.  Todas solteras (“aunque no fanáticas”, bromeaba mi abuela).  Solas se las arreglaban para atender al numeroso ganado ovino, ordeñar a un puñado de vacas, preparar quesos al estilo chilote, cultivar la huerta y atender la casa, compotas y ahumados incluidos.  En el invierno, además, urdían lana y tejían mantillas a telar que de vez en cuando llevaban al mercado o cambiaban por ropa, granos y harina.

Estuve en su casa -la nueva- sólo un par de veces.  La presencia de hombres adultos parecía inhibirlas, por lo que mi padre y el tío se quedaban en la leñera bebiendo licor de guindas o examinando a los animales.  Adentro de la casa se movían con una soltura más propia de servidumbre que de señoras.  Mantenían todo impecable, pero nunca se sentaban en los sillones ni ocupaban el comedor principal.  Había profusión de lámparas con sus ampolletas a pesar de que en pleno campo carecían de electricidad y la porcelana fina conservaba sus etiquetas.  Su vida doméstica transcurría en la cocina, alrededor de la estufa de fierro y las banquetas acojinadas.  Allí cebaban el mate, pelaban las gallinas y cocían las infaltables papas, y de allí salía el ‘licor de oro’ con que agasajaban a los adultos y las frutas almibaradas que ofrecían a los niños.

Se las habían arreglado para dominar todas las destrezas necesarias en su mundo, incluyendo la preservación de su propia especie.  Era fácil suponerlas fuertes cuando se miraban sus pies descalzos agrietados por el contacto con la tierra y el frío, o sus brazos musculosos a fuerza de cortar leña y levantar fardos.

Pero su fortaleza tenía fisuras, como siempre en estos casos.  Las imagino a solas frente a la urdidora o en el campo recogiendo murta, entornando los ojos y suspirando, poniendo nombre, voz, manos y abrazo a sus secretos.

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En Patagonia
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