Memorias de gente como uno: Techo amarillo

El tío era conocido en el barrio por su bigote duro, su sonrisa y su prole interminable.  Para mí -hija única de un matrimonio de derecha y estilo adusto-, visitarlo era adentrarse en una dimensión paralela, llena de música, risas y carreras alocadas.  No bien uno terminaba de memorizar los nombres de los hijos -la mayor, en sus treintayvarios y el menor, apenas un mocosillo tambaleante-, aparecían de la nada unos mellizos nuevos, algún bisnieto prematuro o, como si sobraran el espacio y los recursos, un par de perros flacos recogidos de la calle.

Se decía que su mujer había sido una belleza, pero de eso hacía mucho tiempo.  Quienes la conocimos con tres o más pequeños colgando de la falda, la recordamos delgada, furiosamente pelirroja y con un cigarrillo siempre encendido entre los labios.  La maternidad se había cobrado varios dientes, pero no parecía importarle pues sonreía sin tapujos ni aspavientos, como si no conociera otro estado que el del buen humor.  El tío estaba loco por ella y juntos estaban locos por sus hijos, que siguieron llegando hasta el nacimiento del tercer o cuarto nieto.

Fue más o menos entonces que el tío enfermó.  No dijo nada al principio, pero dejó de conducir el taxi, primero el turno de noche y luego completamente.  Cada risotada lo dejaba encogido y no fue difícil suponer que la cajetilla diaria había arruinado sus pulmones.  Se adaptó al oxígeno portátil sin perder la sonrisa, pero se le notaba la nostalgia por su nube de humo personal.  La familia toda dejó el cigarrillo y a cambio subió el volumen de la radio y atizó la risa.

Lo visité antes de emigrar al norte, por insistencia de los míos.  No lo veía con frecuencia y me sobrecogió su rostro demacrado.  Era fácil creer que le quedaban sólo unos meses, como se rumoreaba.  Ya había sobrevivido tres años más de lo anunciado por los médicos, sin embargo, y se las arreglaría para hacerlo otros más.  Acomodado entre cojines en un amplio sillón de mimbre, parecía que sólo el carrito del oxígeno mantenía su cuerpo leve anclado al suelo.

No viajé cuando murió.  Oveja negra de izquierda en una familia conservadora, había perdido contacto con todos y no tenía sentido, me sentía desvinculada y ajena.  Consolé a su hermano -mi padre- como pude al teléfono y más tarde di con una fotografía llena de miniaturas agitanadas a cuyos rostros intenté infructuosamente poner nombres.

No viajé cuando murió, pero, para mi sorpresa, mucha otra gente lo hizo.  Este hombre de bigote charro, sonrisa imbatible y prole inagotable, enfiló hacia el cementerio flanqueado por conspicuos ciudadanos de la nueva élite democrática.  Mientras la familia despedía al padre y los vecinos, al amigo, los otros rendían homenaje de gratitud a quien salvara -en silencio, por única vez la risa taponeada por el miedo- a tantos -a ellos mismos-, de la tortura, de la desaparición y de la muerte, montado en su anónimo taxi de techo amarillo.

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En Patagonia
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Una respuesta a Memorias de gente como uno: Techo amarillo

  1. Felix Franhas dijo:

    Buen relato. Teniendo todas las tribus, historias tan diferentes, se le encuentra un aroma tierno, algo familiar, algo de esos secretos inocentes compartidos, escondidos en el no-tan-subconsciente, ese gustillo familiar que tal vez sea lo universal de estos relatos. Me gustó, lluviosa.

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