Memorias de gente como uno: El Álamo

Íbamos al manzanal de El Álamo todos los veranos.  Para llegar debíamos caminar largos kilómetros por la playa pedregosa, desde el pueblo hacia el sur.  Salíamos temprano, pero nunca lográbamos llegar antes del medio día; además de mis padres, los tíos, mi abuela y su hermanastra, el resto de la comitiva estaba conformada por media docena de niños y costaba apurar el tranco.

Yo nunca había estado en un manzanal y me cautivó desde el primer momento.  Las frutas eran corrientes -una variedad austral deforme y amarillenta, de piel áspera y carne más bien seca-, pero el aroma que se respiraba entre los árboles era indescriptible.  “A manzanas”, pensaría uno, pero no.  El campo comenzaba justo donde terminaba la playa, cuyo límite era remarcado cada mañana por el mar con olorosas pilas de algas y moluscos.  La mezcla de aromas era formidable.

Todos los veranos, también, volvíamos a casa mojados hasta la cintura y con la mitad del botín.  Nunca entendí por qué no nos quedábamos a pasar la noche, pero supongo que tenía que ver con que éramos muchos y la casa de El Álamo era más bien pequeña.  La distancia no era insalvable, además; el verdadero problema era la marea.  Salíamos temprano para volver temprano, pero los niños perdíamos noción del tiempo cosechando manzanas mientras los adultos se zampaban medio cordero o unas cuantas gallinas.  Para cuando nos poníamos en marcha, la marea había vuelto a subir hasta rozar los árboles de la orilla.

Tampoco entendí nunca por qué no podíamos volver cruzando el campo, en lugar de hacerlo con el cuerpo y los saquitos de manzanas colgando del cerco.  No era parte del trato, supongo.  No existen fotografías de la aventura, pero tengo grabada en la memoria la imagen de grandes y chicos aferrados al alambre, esquivando las púas, las manzanas cayendo como guijarros al agua y, tras ellas, nosotros sucesivamente.

El Álamo se limitaba a observar a la distancia, inmóvil, erguido limpiamente en sus más de dos metros de altura.  Era también descendiente de colonos, pero no era de la familia, vivía solo y nunca lo oí emitir sonido ni lo vi esbozar una sonrisa.  Nos toleraba, sin embargo, con una indiferencia plácida que -imagino- sólo concedía a los amigos.

Acerca de primeralluvia

En Patagonia
Esta entrada fue publicada en Ejercicios y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s