Fogón, de Jaime Huenún

Menos que el silencio pesa el fuego, papay, tu

gruesa sombra que arde

entre leños mojados;

menos que el silencio a la noche

y al sueño,

la luz que se desprende

de pájaros y ríos.

 

“Hermano sea el fuego”, habla, alumbra

tu boca,

la historia de praderas y montañas

caídas,

la guerra entre dioses, serpientes

de plata,

el paso de los hombres

a relámpago y sangre.

 

Escuchas el galope de las generaciones,

los nombres enterrados

con cántaros y frutos,

la lágrima, el clamor de lentas caravanas

escapando a los montes de la muerte y la vida.

 

Escuchas el zarpazo del puma

al venado,

el salto de la trucha en los ríos

azules;

escuchas el canto de aves adivinas

ocultas tras helechos

y chilcos florecidos.

 

Respiras ahora el polvo de los nguillatunes,

la machi degollando al carnero

elegido;

respiras ahora el humo ante el rehue

donde arden los huesos del largo sacrificio.

 

“Hermano sea el fuego”, dices retornando,

el sol ancho del día

reúna a los hermanos;

hermano sea el fuego, papay, la memoria

que abraza en silencio la sombra

y la luz.

 

(Ceremonias, 1999)

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