La llamada

No lograba sacarse esa llamada de la cabeza.  Siempre había creído de sí mismo que, llegado el momento, sería del tipo de persona que hace lo correcto sin importar nada.  No es que pensara mucho en ello -no era del tipo introspectivo-, pero en su fuero interno se preciaba de ser un hombre moderno:  informado, asertivo, empeñoso, sensible, razonablemente liberal y civilizadamente valiente.  Desde ese instante, sin embargo, había caído en una errática espiral de racionalización y autorrecriminaciones sucesivas, y le costaba cada vez más reconocerse.

Probablemente se trataba de una broma, se decía la mayor parte del tiempo.  Una muy sucia, añadía cuando su cuerpo te tensaba de aversión al recordar.  En el fondo no lo creía, sin embargo, y por eso no podía sacárselo de la mente.  ¿Y si era sido cierto? ¿si su número había sido discado inadvertidamente por alguien en verdadero apuro? ¿si no era un desconocido –como quería creer-, sino el hijo de algún amigo, un sobrino, alguno de sus vecinitos?  El llamado podía haber sido hecho por cualquiera, se contrargumentaba, desde cualquier parte del país incluso, sin tener nada que ver con él.  Y bien podía haber sido una simple -estúpida- pitanza, o hasta algún tipo de revancha por quién sabe qué motivo.

De cualquier forma, se arrepentía ahora de su reacción inicial.  Cortar, lanzar el teléfono al asiento de al lado, recuperarlo y borrar el registro de llamadas, todo había ocurrido en cosa de segundos.  Luego había abierto la ventana, se había aferrado con ambas manos al volante y se había concentrado en la reunión con la que cerraría el día.

Había vuelto a acordarse más tarde, sin embargo, al volver a casa.  En la esquina se había topado con un grupo de escolares que esperaban micro y uno de ellos -menudo, de orejas prominentes- lo había mirado fijamente mientras abría el portón.  Una vez adentro había encendido el televisor para ver los goles y conocer el pronóstico del tiempo.  Era noche de política en los canales nacionales y en cualquier otro momento habría puesto responsable atención a las propuestas de seguridad pública que se debatían esa semana, pero estaba cansado.  Empeñado como estaba en no pensar en la llamada, no se animó a confesarse que, más que el cansancio, lo habían disuadido las imágenes de la ‘caleta del puente’, como llamaba la prensa a la pequeña comunidad de huérfanos drogadictos que se había instalado junto al río.

Más tarde se había dado una ducha casi fría, pero no se había quejado porque, en algún lugar recóndito de su cerebro, sentía que lo merecía.  Antes de meterse en la cama había dedicado unos minutos a ordenar la cocina y lavar su plato, que no había vaciado del todo, y hasta se había dado tiempo para recorrer la casa recogiendo ropa, toallas, sábanas, incluso el mantel; todo aquello que necesitara lavado.  Finalmente, se había ido a la cama con sábanas limpias, en un triste pijama a rayas que guardaba hace dos Navidades, todavía sin atreverse a invocar el recuerdo que lo perturbaba.

Había pasado una noche irregular.  No le había costado trabajo dormirse, pero había amanecido con la sensación de no haber pegado pestaña.  Con apenas un café en el cuerpo -no había tenido energías para más-, sus defensas habían desaparecido y ya no había lugar en su mente más que para la llamada del día anterior, que se repetía a ratos en susurros, a ratos como un grito.  No veía otra posibilidad que acudir a la justicia, contar lo que sabía y confiar en que alguien haría algo.  La mañana había terminado por derribar en él todo subterfugio de la memoria y había instalado a cambio la aceptación de que un muchacho -un niño apenas- había sufrido una agresión atroz, había acudido a él y él lo había defraudado.

Canceló las reuniones de la mañana y se dirigió al centro cívico.  Vio el cartel de Informaciones a la entrada, pero cuando estuvo en la ventanilla no supo cómo empezar.  Deambuló por algunos minutos hasta que dio con el ala de tribunales;  se dirigió a la fiscalía de familia.  El hall se hallaba atestado a esa hora, por lo que debió sacar un número y buscar un rincón donde esperar.  Un par de mujeres -abogadas, supuso- comentaban un caso de violencia doméstica entre famosos, mientras un hombre de traje las interrumpía para preguntar por la salud de una niña golpeada en el colegio.  Todos en ese tono neutro de quien ha visto demasiado.

Trató de no escuchar las conversaciones y se concentró en preparar su testimonio.  Sentía profunda vergüenza cuando pensaba en que había borrado el único dato concreto que podía aportar a la investigación -el número del celular-, pero creía que la policía podría averiguarlo de alguna manera.  Sabía más o menos a qué hora había sido y, ciertamente, podía repetir lo que había oído palabra por palabra.  Lo escribiría, si lo dejaban, porque no se sentía capaz de decirlas en voz alta.

Habían pasado 40 minutos cuando lo llamaron al mesón.  Un funcionario lo llevó hasta un escritorio, desplegó una planilla en el computador y se preparó a tomar nota.  Creyó que le costaría empezar, pero una vez que dio sus datos personales, el resto salió como aluvión.  En pocos minutos había descrito todo, las circunstancias, la llamada, su reacción -su asco, su negación-, su agotador debate interno y su voluntad férrea de dar con el o los responsables de un crimen tan brutal.  Cuando hubo terminado, el funcionario le pidió repetir una vez más -sólo una vez más, le prometió- las cuatro palabras que había oído.  Luego, giró la pantalla y  le mostró el sitio web del servicio de protección de menores.  Como él seguía sin comprender, posó la mano sobre el mouse y presionó sobre un banner que decía “campaña de invierno”.  Lo primero que vio fue una advertencia:  “Las imágenes que verá son una representación de la realidad que viven decenas de menores cada día.  No apto para personas sensibles.”  Luego, sin poder creer lo que sucedía, la pantalla susurró en penumbras:  “… tío, no lo haga, duele… “

Mientras luchaba contra las náuseas, aferrado a la silla, desde algún lugar indeterminado de la habitación escuchó que el funcionario le pedía mil disculpas pero que si no, no le habría creído, y le explicaba que no era el primero, que por eso habían sacado el spot del aire, que esta campaña había nacido muerta, que de seguro alguien de arriba iba a caer, que para mala suerte retirarlo de las radios había resultado más lento y que estos sistemas telefónicos automatizados eran lo peor, que no sabían a quién se le había ocurrido, si a los activistas o al propio gobierno, pues habían intentado por todos los medios detener las llamadas y, ya ve, hace dos días que no paran de llegar denuncias de ciudadanos responsables como usted, puede sentirse orgulloso aunque esté aquí pálido como esta hoja y agarrado a dos manos a su silla, si viera, la última señora que vino ayer nos agarró a carterazos en cuanto volvió del desmayo, no se preocupe que de inmediato llamo al conserje para que limpie, no tiene de qué avergonzarse, no es el primero con un estómago débil…

Anuncios

Acerca de primeralluvia

En Patagonia
Esta entrada fue publicada en Ejercicios y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s