En diagonal

Eran pasadas las 6 cuando alcanzó el primer piso.  Mientras se abrían las puertas del ascensor y se abría paso a codazos, pudo ver por los ventanales que el día seguía tan gris como al comienzo.  Casi al mismo tiempo que todos quienes habían descendido con ella, cambió el bolso de mano, abotonó su impermeable hasta el cuello y destrabó el paraguas para abrirlo tan pronto como pusiera pie en la calle.

La muchedumbre afuera lucía tan silenciosa y opaca como adentro.  Era viernes, pero bien podría haber sido martes, miércoles, cualquier otro día de trabajo; el impulso de volver a casa parecía todavía gobernado por la inercia en esa masa que se desplazaba por la acera y nada en esos rostros anunciaba el inicio del descanso semanal.

Apresuró el paso sin real necesidad, movida por el instinto -primario en cualquier habitante de la ciudad- de llegar a la esquina a tiempo para realizar la combinación de cruces de cada tarde:  Primero hacia la esquina opuesta de la calle lateral, luego de frente hasta el bandejón y desde ahí hasta la andén en la avenida.

Apenas había avanzado unos pasos sobre la calzada cuando sintió la conmoción.  Miró hacia la izquierda y vio un viejo Ford celeste de cabeza, con las ruedas todavía en movimiento frente a un autobús.  Cerró rápidamente el paraguas y corrió hacia ellos, sin seguir esta vez la ruta de todas las tardes sino en diagonal entre el tráfico.

La esquina estaba rodeada de curiosos que confrontaban al que parecía ser el conductor del autobús.  Nadie parecía prestar atención al Ford celeste, a pesar de que en extremo menos visible había dos figuras tendidas en el suelo.  Caminó directo hacia ellas y se sintió aliviada cuando la más pequeña se incorporó y extendió un brazo.

Ambos varoncitos vestían el uniforme de alguna escuela privada, con anticuado pantalón a la rodilla y boina.  El más pequeño tenía la ropa rasgada y magulladuras y, aunque no decía palabra, no se separaba del que parecía ser su hermano.  El mayor abrió los ojos cuando le puso la mano sobre la frente y se sintió aliviada.

La policía había espantado a los curiosos para abrir paso a la ambulancia, que se instaló al otro lado del autobús y partió a los pocos minutos con una figura totalmente cubierta en la camilla.  Después de un rato se sintió confiada en que la salud de los menores no corría riesgo y decidió moverlos hasta la cuneta mientras esperaban una segunda ambulancia.  Los ayudó a incorporarse y los condujo de la mano, y tomó lugar entre ambos.  De alguna manera su bolso y paraguas habían terminado tirados cerca del autobús, pero no puso mayor atención y, de cualquier forma, uno de los policías los guardó en su radiopatrullas.

El tiempo pasaba lentamente, lo que le pareció normal en esas circunstancias.  Estaba oscuro cuando apareció una grúa y se llevó el autobús.  El viejo Ford había desaparecido en algún momento sin que lo notara.  El conductor del colectivo se había retirado con escolta policial y la calle parecía haber vuelto a la normalidad.  Sentada sobre la cuneta con un niño a cada lado, sintió alivio al comprobar que había dejado de llover, no hacía frío y ellos no parecían tener hambre.

Se alegró de haber estado allí para acogerlos.  Ellos no decían nada, pero se podía leer en sus ojitos que llevaban mucho tiempo solos y asustados.  Se dio cuenta de que amanecía, mas decidió que esperaría lo que hiciera falta.  No sentía necesidad de ir a casa o volver al trabajo, pero cuando tuviera que hacerlo buscaría una ruta menos peligrosa, pues esa esquina era claramente mortal.

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En Patagonia
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