Da lo mismo, se dice

No superaba los 20, se le notaba en la tersura del cuello.  Se movía como una mujer, sin embargo, con ese gesto de precisión no calculada de quien ha vivido un tanto mejor que otros.  Una abundante cabellera le coronaba los hombros, compensando la amplitud de las caderas que se balanceaban suavemente sobre dos piernas cortas y torneadas.  Por esos años vestía el uniforme de la primavera universitaria: Pantalón de bambula teñido a mano, un blusón bordado en arcoiris de violeta, alguna redecilla anudada en la nuca y unos delatores mocasines rosa comprados en el Apumanque.  Sostenía su morral con determinación incluso cuando el chofer de micro le recriminaba por no encontrar su pase entre tanto libro y mostacilla, y era habitual encontrarla sentada sobre el césped, un tomo abierto en el regazo y el dedo manchado de tinta enredado en los rizos.

 

Recorría la ciudad a pie porque quería impregnarse de ella.  Caminaba y caminaba atrapando todo con su Zenit de segunda mano.  Con cada cité que retrataba, con cada viejo que posaba alimentando palomas, se sacudía un poco sus temores de burguesa ignorante.  Fue al comienzo de esos años que se volvió inusitadamente tímida.  De la seguridad de su colegio particular de clase media conservadora, había sido arrojada –brutalmente casi- a un mundo de seres diversos, informados y expresivos, de profunda capacidad crítica e inquebrantable convicción.  Se sentía torpe entre ellos, pero lejos de aislarse optaba por escuchar callada, invisible, apuntando títulos y autores que luego devoraba pero rara vez se animaba a comentar.  Con el tiempo llegaría a ser una más del grupo –de “las bases”, como repetía en casa para escandalizar a la familia-, pero la inseguridad de aquellos años, la permanente sensación de inadecuación, nunca la abandonarían.  Es que el silencio interior trae olvido y el olvido, confusión, algo que entonces era muy joven para sospechar.

 

Ya no están los suyos para enrostrarle la traición a su clase pero están los otros, los intelectuales de este siglo ante los que asiente rogando no ser descubierta.  ¿Y si mejor olvidara que hay tanto que no recuerdo…? se pregunta a veces, ¿podría por fin ser yo…?

 

Da lo mismo, se dice, sosteniendo la mirada del espejo; ésta soy yo.  Y se encrema el cuello con movimientos ascendentes, mientras los dedos le confirman que su tersura ya no es la de los 20.

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En Patagonia
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Una respuesta a Da lo mismo, se dice

  1. chrieseli dijo:

    “El silencio interior trae olvido y el olvido confusión”. Potencialmente sano es olvidar. Me ha gustado este fragmento más que los poemas de tus “musos” La realidad va saliendo entre las líneas. Parece exacto el ejercicio. Enhorabuena.

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