Leve

Al llegar a la última curva del camino siempre encontraba al perro mirándome desde la cerca, un prodigio circense considerando su tamaño y sus ridículas patas cortas.  Como desde mi llegada al pueblo siempre subía sola y a la misma hora, no podía asegurar si vigilar a los transeúntes desde esa incómoda atalaya era sólo un pasatiempo, o era a mí a quien esperaba.  Daba lo mismo, claro, pero yo secretamente había decidido que era a mí a quien seguían sus pequeños ojos negros mientras trepaba por las piedras.

 

Estuve subiendo a esa loma eriaza largo tiempo sin motivo, simplemente porque nadie más lo hacía y desde allí se dominaba toda la cuenca sur del lago.  No buscaba nada en particular, pero agradecía el silencio y la brisa suave que jugaba con mis rizos mientras yo lo hacía con la hierba.  Al principio me divertía sosteniendo la mirada del perro a lo lejos, pero mi guardián no mostraba reacción alguna y pronto desistí.  Luego descubrí el islote.

 

Nadie había oído hablar de esa formación rocosa a metros de la orilla, por lo que suponía que se había vuelto visible por el bajo nivel de las aguas.  Cada día parecía crecer un poco y eso me apenaba, pues confirmaba los temores de una nueva sequía, mas tras unas cuantas semanas la columna de rocas se elevaba ya varias decenas de metros y el lago no daba señales de estarse vaciando.  No disponía de binoculares, pero si me concentraba lograba ver su contorno con nitidez.  Me intrigaba especialmente el hecho de que no sólo se hacía más alta cada día, sino que parecía hacerlo sumando nuevas rocas a la pila.

 

Los días se alargaban a medida que se acercaba el verano y mis arrancadas a la loma eran cada vez más prolongadas.  Me costaba partir al caer la noche -la brisa enérgica del sur, el sol hundiéndose en el océano lejano, las estrellas apenas asomadas en el azul indeciso del ocaso, todo me resultaba indispensable.  El islote había dejado de crecer y en su superficie se multiplicaban las hierbas silvestres.  Mi vista había mejorado ostensiblemente y entre las piedras distinguía persistentes tallos en los que, imaginaba, pululaban insectos de todas formas y colores.  Desde el camino el perro me miraba inexpresivo como siempre, pero yo ya no tenía ojos para él.

 

En la cima del roquerío las piedras se habían ido reacomodando hasta formar una pequeña hendidura lateral.  A esa concavidad iban a dar las briznas marchitas, las florcitas secas y los insectos muertos.  Para verlas debía acercarme peligrosamente al borde del mirador, pero no sentía miedo.  Simplemente avanzaba hasta casi no sentir el suelo bajo mis pies, extendía los brazos y miraba fijo hacia adelante.  Las dinámicas ráfagas que me rodeaban por todos los costados me ayudaban a mantener el equilibrio y, de manera inexplicable, a ratos parecían sostener todo mi peso.

 

Al mediar el verano inventaba momentos libres para acudir a mi lugar secreto.  El agua refulgía bajo el sol del medio día pero no me impedía ver cada detalle del islote.  La hendidura lucía un mullido cojincito de hierba seca con improbable aspecto de nido, mas no había rastros de habitante alguno.  De pie al borde de la cornisa, transfería el peso de mi cuerpo a la punta de los dedos y con la mente en blanco repasaba cada centímetro hasta no sentirlo.  Al terminar el día volvía a habitar mi propia piel y la sensación de pesadez resultaba abrumadora.

 

El último día oficial de verano era domingo y pude subir temprano.  Los ulmos habían florecido señalando el comienzo del fin del estío y la brisa era especialmente dulce.  Desde mi lugar de privilegio veía con total claridad cada roca del islote y cada brote, cada insecto y cada detalle de la colcha de hierba seca.  Me dolía abandonar tan perfecto estado y aspiraba el aire a bocanadas, en un intento vano por llevarme el sur a cuestas.  Fue entonces cuando ocurrió.  En puntas de pie y con los brazos extendidos, cerré los ojos al lago por primera vez en muchos días y dejé que las imágenes inundaran mis párpados desde adentro.  El cuerpo dejó de pesarme y sentí que una ráfaga tibia me elevaba sin esfuerzo, para dejarme suavemente sobre otra, y otra, y luego otra, hasta que me sentí segura al moverme en ese entramado invisible.  No miré atrás -no recordaba motivos para hacerlo-, simplemente fijé curso hacia mi nido en la cima del islote.  Lo último que vi fue la curva al final del camino y el perro ladrándole al aire.

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En Patagonia
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5 respuestas a Leve

  1. Celebes dijo:

    Hasta las palabras, por sí solas, sin su significado en comunión, resultan bellas.

    El final, con el “… el perro ladrándole al aire.” es redondo.

  2. ordennegro dijo:

    El perro, quien nada tenia que decir en este relato, se encarga de cerrar la historia, perfecto.

    Como se nota, verdad?

    Un beso
    OrdennegrO

  3. kiram dijo:

    Me dejaste sin palabras, con la boca abierta. Tardaste en volver, pero parece que cada palabra estaba esperando su momento, para que supiera a estío, para que formara imágenes y sensaciones en mi cabeza…

    Jolín, como se te echaba de menos, Primera!

  4. Ernesto dijo:

    Excepcional relato. No se puede decir más sin romper el sabor que ha dejado su lectura.

    Abrazos

  5. alice224 dijo:

    ¡primerisima lluvia, que gusto volver a leerte!

    Sigues escribiendo divino…

    Un abrazo y que tengas un lindo día.

    :D

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