Esperando a Godot, de Samuel Beckett

 

Esta obra ofrece un diálogo absurdo entre dos personajes indeterminados que, sin embargo, resulta divertido y cautivante.  Los personajes parecen ser vagabundos, ex soldados, quizás, y su propósito explícito de estar esperando a un tercer personaje -Godot- resulta más y más inverosímil a medida que avanza la historia.  A poco andar queda en evidencia que la espera no es más que una excusa del autor para hablar de nada.

 

Los personajes Vladimir y Estragon se tratan con brusquedad, pero con cierta familiaridad que sugiere antigüedad e interdependencia.  El rigor de la vida en la calle queda de manifiesto en sus modestas aspiraciones alimentarias y en la actitud ambiguamente humilde que asumen frente a Pozzo (más próspero que ellos) y su ayudante; buscan su favor, pero les desprecian.

 

Los dos personajes principales parecen simbolizar al pueblo desprovisto y desgastado que intenta sacar provecho, en la medida de sus posibilidades, de la clase más privilegiada.  La abusiva actitud de Pozzo hacia Lucky, por otro lado, ilustra la tiranía ejercida por esos mismos privilegiados sobre una masa simple y entregada al sometimiento moral.

 

El diálogo es absurdo y chispeante y, al mismo tiempo, de notable profundidad.  Admiro en un autor la capacidad de mostrar una realidad social dura con fuertes matices humanos y Beckett lo hace de manera brillante en esta pieza.  No hay sordidez en la pobreza llevada con dignidad, aún cuando el vehículo de tal dignidad sea una malla de confusiones, incoherencias y humor negro, como es el intercambio entre los vagabundos.  El texto muestra alternativas de acción aún para seres pequeños con vidas indefinidas como Vladimiro y Estragón, y eso los iguala al resto de la humanidad; ello, aún si tales alternativas se reducen a esperar o morir.

 

El personaje de Pozzo, en cambio, inspira el gran desprecio que presumo busca el autor.  Sus tres visitas a los vagabundos confirman sucesivamente su pobreza espiritual, a través de su actitud prepotente y la brutalidad del trato a su ayudante.  La falta casi total de recursos intelectuales y morales de Lucky (evidenciada en todas sus intervenciones salvo el largo texto que recita en trance en el segundo acto, que parece no pertenecerle) no deja lugar a mayor identificación con el lector.  Compasión, es lo que este personaje despierta.

 

Esperando a Godot es una obra de fuerte contenido humano, inteligentemente escrita, que debe ser un agrado presenciar en escena.

 

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