La lista

 

Agarró la lista con fuerza mientras dejaba que el viento le arrebatara las cuentas y las llaves de las manos –todo menos la lista, pensaba, al tiempo que recogía los papeles húmedos y los arrojaba sin cuidado en la cartera.  La llave embarrada le ensució la única mano libre, pero abrió la puerta sin dificultad.  Tan pronto estuvo adentro se apresuró a desactivar la alarma, tomando la precaución de no transferir el barro al papel.

 

No estaba en su naturaleza hacerle el quite a las obligaciones, pero con gusto habría cedido ésta.  La lista había nacido la noche del sábado entre cervezas y sopaipillas, en un momento de inspiración colectiva y como previsión ante el largo invierno que se avecinaba.  Las temperaturas habían estado inusualmente bajas para ser otoño y, aunque la presencia de La Niña hacía prever un invierno menos lluvioso que los anteriores, la oscuridad temprana y la escarcha sobre las aceras no lo hacían en nada más benigno.  Si a eso se sumaba el bajón de oferta cultural, no era difícil anticipar una progresiva depresión estacional que convenía evitar a toda costa.  Así había nacido esta continuación del taller y, con ella, la lista.

 

Para el lunes los primeros ingredientes ya habían sido puestos en papel.  A medida que avanzaba la semana había ido añadiendo hierbas y corrigiendo especias, debatiéndose entre las olivas negras y verdes, los tomates transgénicos y los de racimo, los exóticos pescados blancos capturados en el norte y la siempre cumplidora merluza austral.  Finalmente había logrado lo que consideraba una fórmula correcta y se sentía aliviada.  La cocina no se le daba fácil y, obsesiva como era, para asegurarse había consultado numerosas revistas femeninas, portales especializados y libros de recetas.  Para la parte más difícil, sin embargo, -el cálculo de las porciones- se había visto obligada a improvisar y eso la mortificaba.  Ojalá nadie quede con hambre y se vaya pelando, había rogado mentalmente varias veces al día durante la última semana, o se me pase la mano y termine cargando con la mitad de los gastos de puro culposa!  Cada ruego terminaba invariablemente en un largo suspiro.

 

La lista crujió en su mano mientras descargaba cartera, abrigo y más suspiros sobre el sillón.  La estiró con cuidado y la puso sobre la mesita.  Unas gotas inoportunas habían desparramado la tinta aquí y allá, y de lejos le daban apariencia de campo de flores.  Nada que impidiera la lectura.  El éxito de este primer encuentro depende de las guatitas llenas, se repetía, y por eso no la perdía de vista.

 

Acababa de asearse y ponerse el pijama cuando sonó el timbre.  Camino a la puerta se hizo un moño, recogió el papel y lo repasó con la memoria.  Tuvo una de esas incómodas sensaciones de asunto pendiente, pero su atención seguía puesta en los ingredientes y no insistió.  Seguro que se me olvidó activar la alarma del auto, se dijo, y abrió.

 

Diez pares de ojos y sus respectivas sonrisas la esperaban bajo el techo de la entrada y la saludaban confiados, mientras sus cerebros procesaban la falta de aromas, ruidos y vapores.  La ventana de la cocina se abrió de golpe y un chiflón de aire recorrió la casa buscando salida.  La lista cruzó el umbral floreada y etérea, para volverse pesada con la llovizna y precipitarse a la calle.  A continuación se perdió por el desagüe.  Las sonrisas habían desaparecido y, frente a ella, diez pares de ojos la miraban con estupor.

 

Su primer impulso fue hacer una lista de justificaciones, pero de inmediato desistió.

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En Patagonia
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