Dos poetas

 

Dos poetas se aparecen

por los vanos de mis puertas nocturnas

y diurnas,

uno tenue cual fantasma;

otro nítido como sal.

 

En uno reconozco mis rodillas

marcadas en el hueco de sus piernas;

el otro llega a mí en ríos de tinta,

en sus dedos soy colgajos

de palabras desmembradas.

 

Se mueve el primero en la penumbra,

en hilillos

que en lo negro luminescen;

como aceite sin perfume

se me escurre por el pelo

a perderse en la hendidura de mi espalda.

 

El aire cambia a risa en el segundo,

a tranco largo avanza sin reveses;

cuentos viejos transa por bandurrias

que sin alas vuelan libres hacia el sur.

 

Los poetas

se funden en mi saliva,

y mi red canasta trampa no la atrapa;

infinitos -sin saber que los persigo-

sin mirarme ni de reojo

se escapan.

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En Patagonia
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