“Los días se deslizaban para Pedro Nauto con esa monotonía y al mismo tiempo con esa variedad del mar y de la tierra chilotes, donde casi no hay uno igual. Cubiertos de nubes y sombríos algunos; rasgados a grandes claros brillantes otros, con aguaceros breves o prolongados y más de algún temporal de vez en cuando, para terminar en una calma despejada. Generalmente las brisas del suroeste empujaban los mundos de nubes más allá de Huite y del faro del morro Lobos, que señalaba la entrada a los marinos por la boca norte del canal Caucahué. Al desplazarse sobre el extenso golfo Ancud, a mar abierto, caían en el horizonte formando ciudades fantásticas, de algodonosas catedrales, que se revolvían tornasoladas con las puestas de sol, confundiéndose a veces con los lejanos contrafuertes de la cordillera de los Andes, allá al otro lado del golfo.”
(1962)
Lo de arriba es literatura; lo de abajo sucedió sólo ayer en la bahía de Ancud, frente a la isla de Llingua, a pocos kilómetros de mi casa:





