Se siente perdida, ridícula. Ha propuesto que todas vistan perlas como un sarcasmo pero la incapacidad de sus primas para captar sutilezas ha quedado una vez más en evidencia y aquí está, vestida en capas agitanadas de todos los colores como es su costumbre y –le duele el estómago al pensarlo- sendas perlas de cultivo pesándole en el cuello. Podría ser peor, se dice cuando mira a la menor con su vestidito rosado con vuelos, impensable para una mujer que bordea la treintena, y a la mayor con su traje gris y zapatos de oficinista, absurdo para una fémina que aún no cruza los cuarenta. La única que parece en su elemento es la profesora de música, acostumbrada como está a la cursilería de la periferia capitalina donde las madres llegan con sus retoños a clase en buzo, con un moño y sin ducha pero jamás sin al menos un par de perlas colgándoles de las orejas en señal de que se casaron vírgenes, han recibido tantos niños como Dios y la Iglesia mandan (aunque la verdadera religión la viven en el gimnasio y el café) y sus maridos se dedican a administrar el campo heredado o a gerenciar la medianaempresa de algún rancio amigo de la familia.
Mira al abuelo y se pregunta si su vista de nonagenario le alcanzará para darse cuenta del arreglo, lo único que justificaría el sacrificio. Después de todo, es por él y su absurdo regalo colectivo que está tomando parte en esta inmolación estética.




